sábado, 25 de abril de 2015

Entrega de premios del III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca


Con motivo del Día del Libro, ayer jueves 23 de abril, la Asociación Cultural Castillo del Águila convocó en la biblioteca sureña a los ganadores, finalistas y participantes del III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca para realizar la entrega de premios.

A pesar de que ya se conocía el fallo del jurado desde el pasado lunes 20, cuando se dio a conocer en el blog de la biblioteca, la emoción de los participantes se palpaba en el acto de entrega, presentado por Javier Caídas y Ana Gomariz, ambos miembros de la asociación organizadora.

Los primeros en ser agasajados fueron los juveniles, que aunque su categoría quedó desierta por falta de participantes, los tres relatos recibidos compitieron con los de adultos dado su gran nivel. A pesar de no resultar finalmente premiados, sí recibieron, dado su buen hacer, un lote de libros.

En categoría infantil la ganadora fue Llara Montequín, con ‘El mundo de los cuentos’, que recibió como premio un eReader, donado por Mundo Digital, un circuito en el Spa del Hotel Gran Castillo, un libro y una pulsera de la empresa Spherazul. ‘El susto de Irene’, de Elena Bravo, y ‘Los niños somos crueles’, de Lina Cheraz, quedaron en segunda y tercera posición, respectivamente, y ambas recibieron también como premio el circuito en el Spa y la pulsera.

En adultos, el relato de Pedro Alisedo, ‘Malvasía, los hijos de los dioses’, se llevó el primer puesto, premiado con 2 noches para dos personas en el Hesperia Playa Dorada con Media Pensión, una cesta de productos de Sam Parfum, una entrada para 2 en el Spa del Hesperia Playa Dorada y una plaza en el Taller de Escritura de Miguel Aguerralde. ‘El Señor Smith’, de Mónica Montes, quedó en segunda posición y fue premiado con una merienda en el H10 Timanfaya Palace, además de un masaje y bañera para dos en el Despacio Center del hotel H10 White Suites y otra entrada al Spa del Hotel Hesperia. La tercera plaza fue para ‘Algo entre tú y yo’, de Graciela Rodiño, premiada con un masaje y entrada para 2 al Spa del Hesperia. Tanto Pedro como Graciela son conocidos en el certamen ya que fueron ganadores de la primera y segunda edición, respectivamente.

Además, todos los premiados recibieron un diploma y libros donados por el escritor local y miembro de la Asociación Cultural Castillo del Águila, Miguel Aguerralde, y la Librería Barco de Papel.

Al finalizar la entrega de premios, la Asociación Cultural Castillo del Águila presentó el libro editado con los relatos de la primera edición del Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca, que estará disponible en la próxima Feria del Libro en Marina Lanzarote, Arrecife, y que también pueden conseguir bajo pedido en www.amazon.es al precio de 8,49 euros.


La organización desea felicitar y dar las gracias a los participantes en el concurso, ya que ha sido el año con mayor recepción de trabajos y, además, de una calidad mayúscula en su mayoría; a los hoteles y empresas que han donado los fabulosos premios recibidos por los ganadores; y a la menos visible pero inestimable labor de nuestro jurado, que ha estado formado por escritores de la talla de Jaime Quesada, Carlos González Sosa, Bianca Aparicio Vinsonneau, Alfonso Zamora, Ismael Lozano e Irene Comendador, y por Ana María Gomariz, en representación de la asociación, y el escritor local Miguel Aguerralde, como coordinador. Por otro lado, una vez más lamenta también la falta de participación en la categoría juvenil y anima a los chicos y chicas de entre doce y dieciséis años a intentarlo el año que viene.

jueves, 23 de abril de 2015

III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca, "Malvasía, los hijos de los dioses", Primer premio de Adultos


Como muchos sabréis, el pasado 23 de Abril se dieron los premios del III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca, coincidiendo con el Día Internacional del Libro y con el tercer aniversario de la apertura de la Biblioteca Municipal de Playa Blanca. Ahora queremos dar a conocer los relatos ganadores. Empezaremos con el ganador de la categoría Adulta, un relato titulado "Malvasía, los hijos de los Dioses", escrito por Pedro Alisedo Goycoa, un vecino de Playa Blanca que casualmente fue el ganador del I Concurso que organizamos, por entonces estaba empezando a escribir y tras presentarse en el segundo y no quedar finalista, siguió perfeccionando su escritura y se presentó nuevamente y para sorpresa de todos ha quedado en primer lugar. Felicidades Pedro, sigue así y nos vemos en el cuarto certamen.


Malvasía, los hijos de los dioses


  El señor Tomás camina esquivando las piedras, encorvado pero ágil todavía. Tantea con su viejo bastón una aulaga, despertando a una lagartija que lo mira indignada antes de desaparecer a toda prisa. El señor Tomás se para y sonríe. Amanece y el sereno cubre todavía la Geria como un manto de seda finísimo, mojando la vereda de rofe que nos lleva a la morera.
  El señor Tomás tiene la cara surcada de barrancos secos y los ojos azules de caribe. Las manos duras y el vestir sencillo y remendado; como único lujo guarda la cachimba de madera de majagua que trajo de Cuba cuando volvió, ni rico ni pobre, como él dice, sólo un poco menos ignorante.

   – Si la morera viste bien, habrá buen vino este año.
   – ¿Y la vendimia, pa cuando? – su nieto lo mira serio, los brazos en jarras, y se vuelve hacia mí para que oiga la respuesta, ya sabida y repetida como una letanía.
   – Eso lo dirán la mora y el pico de la tunera, mi niño.

Yo me paro, jadeante, y contemplo a esos dos hombres en la ladera del volcán. Duros, incansables como sus abuelos y los abuelos de sus abuelos. Sin rendirse nunca, ni volver la cara ante la tierra ingrata ni ante el viento ni ante el fuego que trajo el rofe que ahora pisan. Siento la seriedad del momento y el orgullo de ser invitado a una ceremonia pagana y secular que acabará desapareciendo.
El señor Tomás cuenta que la malvasía es uva griega. Griega de Grecia dice, y traída por los griegos en la noche de los tiempos. Por aquellos navegantes que trazaron los planos rudimentarios que robó Herodoto. Aquellos héroes que costearon África hasta más allá de Borjador llevaron consigo esquejes de viñas y moreras. El señor Tomás dice que los hijos de los dioses creyeron al avistar Lanzarote que se encontraban ante los restos de la Atlántida, tierra también de dioses. Pero al desembarcar se turbaron al ver una tierra tan yerma e ingrata.Y se preguntaron qué pecado habrían cometido los habitantes de un lugar tan excelso para merecer un castigo tal de sequía y viento feroz.

Los helenos consultaron al oráculo y éste trazó un círculo en la arena y ordenó plantar una viña. Lo mismo hizo para la morera. Cuenta el señor Tomás que el oráculo anunció que sólo darían vino aquellos esquejes cuando los dioses los bendijeran con su aliento sagrado. Después los hijos de los dioses partieron y no regresaron jamás.
El señor Tomás se para a descansar de su plática y a secarse el sudor con un pañuelo polvoriento.

Se acerca a un soco y desciende de puntillas, como para no despertar a la viña dormida. Sopla y limpia un racimo temprano con su mismo pañuelo. Y el racimo brilla con un serpenteo de olivina.

- Anden ustedes, que falta poquito y hay que subir antes de que el sol se beba el relente.
El señor Tomás tiene la voz fuerte y segura de buen cantador de folías. Le habla al viento, hacia adelante, aunque nosotros caminemos respetuosos unos pasos detrás. Dicen que trajo de la Habana olor a mulata y que su señora no lo dejó entrar en la casa hasta pasados dos años, que fue lo que le
tardó el olor en desaparecer. Si algún compadre se lo comenta el señor Tomás se ríe quedo y dice:

   “menuda mujer”. Y el paisano se queda sin saber de qué hembra habla el viejo.

   - Siglos tardaron los dioses en hablar, en bendecir esta tierra. Cuando lo hicieron vomitaron el fuego sagrado durante seis años y crearon cien volcanes. Forjaron un horizonte de lava y de luna, donde la vid pudiera beber. A sorbitos cortos, cada una en su soco.
Acabado el ascenso contemplo la Geria. El sol que apenas asoma va creando efectos inciertos de brumas y sombras mágicas en el paisaje negro. La morera se achata del alisio y se presenta ante nosotros extendida de verde pálido. El señor Tomás se llega hasta ella y busca una mora reventona.

La arranca con delicadeza y luego se sienta despacio, con las piernas cruzadas. Me hace una señal para que me acerque y me siente a su derecha. Su nieto extiende a los pies del viejo un paño blanquísimo con bordes de encaje. El señor Tomás saca del bolsillo de su chaqueta un algodón que envuelve un pico de tunera, grande como una aguja. Con él rasga la mora y deja que sangre un poco. El jugo de la mora resbala por la mano agrietada y cae goteando sobre el paño. Después el señor Tomás deja a un lado la mora y observa un buen rato, muy quieto, las manchas moradas, liláceas y granates que forman un cuadro manriquiano sobre el lienzo blanco.

   - La cosecha será buena de cantidad y excelente de calidad.
   - ¿Y la vendimia pa cuando? - repite su nieto.
   - No se hará antes del siete de agosto – el señor Tomás mira a los ojos de su nieto y éste asiente solemne – Y ahora saca esa botella y vamos a echarnos un trago.
El nieto saca del zurrón una botella de malvasía y tres vasos de cristal fino y viejo envueltos en paños. Después nos sirve con cuidado a cada uno. El señor Tomás mira el vino en silencio, pensativo. Levanto mi vaso y mido los brillos pajizos y las irisaciones verdes del vino y escucho al viejo.
   -Usted, que sabe de esto, podría contarme de tonalidades y colores, de aromas de melocotón,
de frutas y flores, de retro gusto, si así se dice...De todas esas boberías de entendidos. Pero yo le voy a decir cómo es este vino: tiene el color de los ojos de Ico y de Yaiza, las princesas que enamoraron a los españoles. Ojos de mar y de risco. Y tiene aroma de la Historia: de majos, griegos, normandos, de holandeses y bereberes. Aroma mineral de basalto ardiente. Y dicen que sabe a vida. Oí a alguien decir que sabe a agua en el desierto, pero ¿quien quiere agua teniendo vino?. Y la vida se acaba,  pero los sueños...,los sueños perduran. Y este vino está hecho de sueños.

  El señor Tomás agita en círculos lentos el vaso y susurra apenas unas palabras, una oración quizás, que no alcanzo y se pierde en el silencio puro del alba.

   - Y ahora bebamos.

  Alzamos los vasos y el señor Tomás toma un trago generoso entrecerrando los ojos, sumido en sueños que solo él conoce.

Pedro Alisedo Goycoa

lunes, 20 de abril de 2015

Ganadores del III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca







Ganadores del III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca.

La asociación cultural Castillo de Águila tiene el placer de anunciar la lista de autores y autoras ganadores y finalistas del III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca, fallado este domingo 19 de abril.

El jurado, coordinado por el escritor local Miguel Aguerralde, ha estado constituido por autores y autoras nacionales de la talla de Jaime Quesada, Carlos González Sosa, Bianca Aparicio Vinsonneau, Alfonso Zamora, Ismael Lozano e Irene Comendador, y por Ana María Gomariz en representación de la Asociación Castillo del Águila. Desde la organización queremos enviar nuestro más sincero agradecimiento a este elenco de escritores que con su contribución desinteresada han elevado la categoría de nuestro certamen.

No olvidamos felicitar y dar las gracias a los participantes en el concurso, ya que este ha sido hasta ahora el año con mayor recepción de trabajos, además, en su mayoría, de una calidad mayúscula. Estamos convencidos de que nuestro concurso de relatos forma ya parte de las fechas destacadas en el calendario de certámenes esperados por todos aquellos amantes de la escritura.

Por otro lado, una vez más debemos lamentar la falta de participación en la categoría juvenil, y animamos a nuestros chicos y chicas de entre doce y dieciséis años a intentarlo el año que viene.

Los ganadores y finalistas del III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca son:

Categoría General:

Ganador: Malvasía, los hijos de los dioses (enviado con el título de La vendimia mágica), de Pedro Alisedo Goycoa

Finalistas: El Señor Smith, de Mónica Montes Millan y Algo entre tú y yo, de Graciela Rodiño Vilariño

Categoría Infantil:

Ganador: El mundo de los cuentos, de Llara Montequín.

Finalistas: El susto de Irene, de Elena Bravo Moreta y Los niños somos crueles, de Lina Cheraz Taleb


Nuestra enhorabuena a ganadores, finalistas y a todos participantes, y les emplazamos a participar el en el IV Concurso de Relatos el año que viene. ¡Gracias!

martes, 3 de marzo de 2015

II Concurso de Relatos Cortos de Yaiza, "Velita", 1º Premio Categoría Adultos

Hace ya un año que se le celebró el II Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca, y queremos volver a publicar los relatos ganadores y finalistas para animaros a participar en el III Concurso. 

"Velita" de Graciela Rodiño Vilariño fue el relato ganador de un e-reader.


Velita le llamaban a esa pelirroja delgaducha y pecosa que alegraba la vida de sus vecinos.
¡¡Velita!! La llamaban cuando la veían pasar con sus zapatillas de andar, como ella las llamaba, y un libro constantemente en las manos.
Ella siempre les dedicaba su mejor sonrisa, ya fuese a su vecina de la izquierda o al gordinflón del cartero. Velita siempre daba lo mejor de sí.

Velita y su marido habían llegado al barrio una tarde de tormenta envueltos en una lluvia torrencial que no sentía pena por nadie. Todos los vecinos se habían asomado a las ventanas alborotados por el ruido de los camiones de la mudanza. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, salieron a la calle armados con sus botas de agua y sus paraguas gigantescos, conocedores de la crueldad de la lluvia, para ayudar a la pareja recién llegada.
Al día siguiente, Pili la bibliotecaria, a la hora del té, ya había puesto al día al resto de los vecinos de lo que había averiguado de la nueva pareja: El, alto y guapo, era el nuevo empleado del banco de la calle Michelena. Ella pelirroja y flaquita, era una ama de casa en busca de empleo como profesora particular de inglés.
A los, exactamente, 15 días de llegar al barrio, Velita, apodo que los vecinos le habían otorgado gracias a su piel translucida y su pelo rojo, igualita que una vela encendida, los conquistó a todos de una vez para siempre, acogiendo en su casa al pobre perrito de tres patas que vagabundeaba por el pueblo y que a ojos de los demás nadie quería ver delante, pero que por detrás todos alimentaban y acogían en las noches de más frío.
Tomás, le puso Velita de nombre al perro. Y Tomás le quedó hasta que murió de pena casi un año después.

-¿Velita, que te ha pasado?- Le preguntó un día Doña Juana al verle una fea marca violácea en el brazo.
-Vera Doña Juana. Es que ayer se me antojó chocolate – le contestó Velita – y como lo escondo al fondo del armario más alto de la cocina, para no caer en la tentación, usted ya sabe – le susurró en confianza – pues que no calculé bien y en un enredo de pies, me caí al suelo cual tonta.
-Ay Velita, ten mas cuidado hija. Que la semana pasada fue que se te cerró la puerta en la cara y ayer lo del chocolate. Como no tengas más cuidado, un día te romperás la crisma.- le advirtió la buena mujer.
-Si, doña Juana, no se preocupe. Tendré más cuidado. Es que soy un poco torpe.- respondió Velita entre carcajadas.
Don Ramón, que vivía tres casas más a la izquierda subiendo la calle, se levantó de la cama una mañana, un poco tristón ya que su querida hija se había ido la noche anterior de vuelta para la ciudad y volvía a estar solo. Se acercó a la ventana justo cuando Velita, puntual como un clavo, salía de su casa a las ocho en punto con sus zapatillas de andar y un libro en las manos, acompañada de Tomás.
Lo vio, a Ramón, en la ventana y le dedicó un saludo con la mano y su sonrisa de” todo  se arreglará”.
Ramón abrió la ventana para saludarla con un “Buenos días Velita” a lo que ella contestó con un cantarín “Buenos días Don Ramón, ¿como está usted?”.
-¿Le importa que luego me pase por su casa? – Siguió ella -  Verá, es que me gustaría hacerle una consulta sobre plantas ya que es usted todo un experto en jardinería.
-Claro que no me importa hija – contestó Don Ramón – Pásate cuando quieras y te prepararé un delicioso café para acompañar la charla.
- Verá Don Ramón, no me ande tentando usted con el café que sabe que no puedo tomarlo. Mejor me prepara una tilita bien dulce que ando un poco nerviosilla.
- Está bien hija, está bien.
-Pues nos vemos luego don Ramón.
-Adiós Velita. Hasta luego hija.
Que buena es esta chica, pensó Don Ramón mientras cerraba la ventana. Ayer cuando su hija se iba hacia el aeropuerto, Velita llegaba de un paseo por el supermercado cargadita de bolsas y supo que se quedaría sólo otra vez. No había duda de que la charla sobre jardinería era una escusa para hacerle compañía. Pero que buena es esta Velita.
 Don Ramón estuvo esperando a Velita toda la tarde pero la chica no se pasó. Le pareció extraño que la muchacha faltase a su palabra, pero no le dio más vueltas al imaginarse que, posiblemente, se le presentase un plan mejor, quizá su marido la había invitado a cenar.
Al día siguiente Doña Juana tocó el timbre de la puerta de Don Ramón con una tristeza inusual en los ojos.
-¿Doña Juana, que hace aquí tan temprano? ¡Pero si aún no son ni las ocho! Bueno pues ya que está aquí – siguió diciendo Don Ramón al ver que ella no le contestaba - Le enseñaré el regalo que le compré a Velita cuando fui a la capital. Es que fue verlo y saber que era para ella. Rápido, antes de que se hagan las ocho y ella salga a su paseo matinal.
-Don Ramón –le dijo Juana al fin – Don Ramón, espere – repitió al ver que él se alejaba hacia dentro de la casa.
-Hay doña Juana, la veo muy rara hoy. Parece triste ¿Que le pasa?
Doña Juana le contestó pasándole el periódico que traía.
El hombre cogió el montón de papeles que ésta le ofrecía y que resultó ser el periódico local del día.
-Lea en la página seis – le dijo doña Juana.
-Mujer, ¡pero si la pagina seis son los sucesos!, ¿que ha pasado?- le preguntó preocupado.
-Hágame caso.
-Está bien mujer.
Don Ramón buscó la página y comenzó a leer donde doña Juana señalaba:
“Teresa Sánchez – Jesús como me suena ese nombre- dijo el hombre – vecina de la calle Palmera – anda mira, pero si es nuestra calle – nueva victima de…”
De repente se calló, pues un oscuro presentimiento le sobrevino. Había dado con la persona dueña de ese nombre. Siguió leyendo para sí. No había por qué seguir torturando a Doña Juana con el relato otra vez.
A medida que iba leyendo, se le escapó algo del corazón que fue subiendo hasta los ojos y se le derramó por las mejillas en forma de lágrimas. Lágrimas de rabia, tristeza, pena y frustración.
Había pasado delante de sus narices. Delante de las narices de todos ellos y nunca habían hecho nada. Nunca habían sospechado nada. Ella no les dejó llegar a ese punto. Les había ocultado su triste historia a todos con el regalo de sus sonrisas.
Velita, la dulce y alegre Velita, había muerto a manos de su marido después de sufrir una vida en el infierno.
La vela que tanto había alumbrado a todos los vecinos, se apagó en soledad.




lunes, 23 de febrero de 2015

III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca



La Asociación Cultural Castillo del Águila convoca el III Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca coincidiendo con el tercer Aniversario de la creación de la Biblioteca de Playa Blanca y la celebración del Día del Libro, el próximo 23 de abril, y con la finalidad de promocionar la literatura creativa en el municipio.

1. CATEGORÍAS: 
Infantil: Alumnos de Tercer Ciclo de Primaria. 
Juvenil: Alumnos de ESO.  
Adultos: De 16 años en adelante.

2. PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:
La presentación de los relatos se realizará antes del lunes 13 de abril mediante un archivo de WORD adjunto a un correo electrónico remitido a la dirección:
concursoderelatosplayablanca@hotmail.com.

En el asunto del mensaje figurará CONCURSO DE RELATOS DE PLAYA BLANCA y la categoría INFANTIL, JUVENIL o ADULTO.En el texto del relato no se consignará nombre alguno, los datos del autor figurarán sólo en el cuerpo del email de envío. El jurado recibirá los textos de parte de la organización sin conocer su remitente. En caso de presentar la obra con pseudónimo deberá adjuntarse un documento 'PLICA' en el que figuren el título del relato y los datos del autor. La organización solamente abrirá este documento en caso de resultar la obra premiada.

3. CARACTERÍSTICAS DE LOS TRABAJOS:
Para participar en este concurso será necesario residir en la isla de Lanzarote. Podrá enviarse un sólo relato por autor. El tema de los relatos será de libre elección, en lengua castellana, y las obras serán originales e inéditas, no premiadas anteriormente en ningún otro concurso, ni sujetas a compromiso alguno de edición. Estarán escritas en letra Times New Roman de 12  puntos y a doble espacio.La extensión para la categoría infantil será de entre 500 y 1000 palabras (entre 1 cara y media a 3 caras), y de entre 1000 y 3000 (de tres a seis caras) para las de juvenil y adultos.

4. FALLO DEL JURADO Y PREMIOS:
El jurado estará formado por escritores relevantes en el panorama nacional y por miembros de la comunidad educativa y cultural de Playa Blanca. El fallo del jurado se dará a conocer el lunes 20 de abril en la web del escritor Miguel Aguerralde (www.miguelaguerralde.com) y en las páginas de Facebook de la Asociación Castillo del Águila, de la revista Yaiza te Informa. Los premios consistirán en un lector de libros electrónicos para el ganador de la categoría de Adultos y un lote de libros para los finalistas, para las demás categorías habrá premios sorpresa y lotes de libros. Los trabajos presentados quedarán en propiedad de la Asociación Cultural Castillo del Águila para su publicación en medios digitales.

La participación en este concurso supone la aceptación de las presentes bases. El incumplimiento de una o varias de ellas descalificará automáticamente el trabajo presentado.

lunes, 20 de mayo de 2013

Nada que perder


Nada que perder


La habitación del hotel emana un olor a juego con el decorado, antiguo y rancio. Imilia empieza a sentir el estomago revuelto y nauseas, tan pronto una euforia le asalta como una ansiedad feroz se apodera de todo su cuerpo. Permanece inmóvil, junto a la ventana, sin despegar la vista hacia fuera, a la espera de cualquier silueta que pueda aparecer y memorizando las que distingue.  Una fila de coches aparcados, una verja rota, un perro a lo lejos no cesa de ladrar, y una farola encendida que alumbra la entrada a su habitación, que ella siente vacía, insegura y fría.

 Ahora camina de un lado a otro, le sudan las manos y las aprieta una contra otra, reza, camina y reza a lo largo de la estrecha habitación. Hay un reloj en la mesita cerca de la cama, un reloj que no deja pasar los minutos, parece que haya congelado tiempo. Se tumba por fin sobre la cama y se hace un ovillo. Coloca el reloj a la altura de sus ojos tratando de acelerar sus agujas  que se niegan a avanzar. Sus ojos le traicionan, acusan el cansancio de demasiados días,  comienzan a sellarse poco a poco, solo se resisten vagamente, hasta cerrase por completo dejándose llevar por un sueño muy profundo, un sueño que la cautiva por completo.

Se encuentra en un prado denso, repleto de flores violetas, amarillas, rojas, un paisaje muy familiar. A lo lejos un árbol característico le da la bienvenida agitando sus ramas al compás de una brisa suave, con olor a mar. Ha vuelto a casa. Se incorpora y corre, amarrándose el vestido con ambas manos, corre sin mirar atrás; se dirige hacia el árbol y lo rodea colina abajo y ahí esta, la vieja casa de madera, llena de parches, con el porche presidiendo. Se detiene y comprueba que la mecedora sigue ahí y él acunándose, corre a su encuentro. El levanta la vista y despereza sus ojos de una siesta tardía, dedicándole una mirada de bienvenida, sonriéndola, como si fuera ayer mismo. Le toma de la mano y la atrae hacia sí.
—¡Padre! —Exclama, al tiempo que rompe llorar y se esconde en su regazo— Lo siento padre, lo siento… Solloza sin cesar, lagrimas de rabia, llora por su mala suerte, por su descuido, llora como si por fin se deshiciera de tanto dolor. 
—Lo hice todo mal, no tuve cuidado, me la han quitado padre, ¡me la han quitado!
Sus palabras se agolpan una detrás de otra, una confesión manifiesta, un socorro que cae al vacío.
 —No estaba allí, la he buscado por todas partes. He trabajado mucho padre, desde que llegué, pero no les gusta la gente como yo, ni como usted, no les gusta la gente oscura y se la han llevado, se han llevado a Inés, a mi niña.  Tenía que haberla conocido, tiene los ojos de madre, verdes como nuestros prados,  bravos como el mar en invierno y sonríe todo el tiempo. Nunca llora, es mi alegría, mí vida, mis alas, siento que es lo único mío de verdad.
El detiene su rostro entre sus manos ásperas y ancianas, y le sonríe, como entonces lo hacía, con esa mirada cansada pero agradecida, la que ella siempre quiso guardar para sí y poder recordar el resto de su vida.
—Nunca debí haberme ido padre, nunca debí huir, debí haberme quedado y así no me la habrían quitado, pero no tenía nada que perder, y ahora mire padre; lo perdí todo.
 —Vamos, vamos, deja ya de llorar, que tienes la cara hinchada como un melocotón. Ella percibe su olor a tabaco y menta; la envuelven.
—No hay que tener miedo al miedo hija, al revés, es un buena arma, si uno sabe como utilizarla. Debe agudizar nuestros sentidos, ponernos alerta; ayudarnos a ver salidas que aparecen ocultas ante nuestro pánico.  ¿Acaso sentiste miedo cuando huiste de aquí? Créeme nosotros si. “Debo sobrevivir” fue la nota que nos dejaste. Sentimos miedo por ti, por tu partida pero sobre todo, por que nosotros nos quedábamos, y marcaste la diferencia entre intentar subsistir y aceptar una vida injusta. Tú hiciste lo que nadie de nosotros nunca tuvo el valor de hacer y no me cabe la menor duda de que el miedo te acompaño todo el camino.
—¡Pero padre ya todo da igual! ¡Me la han quitado! Sus palabras se amontonan de nuevo.
 —Han pasado semanas desde aquel domingo, en el mercado, me la llevé como siempre pero había demasiada gente, el puesto estaba lleno y todo el mundo se empujaba entre sí. Yo no daba a basto y cuando quise mirar Inés no estaba. ¡Mi hija!, grité, pero no podía moverme entre tanta multitud, me quería morir padre, yo quería morirme e ir con ustedes. No paré de buscar se lo prometo, hasta dolerme los pies y el alma, no he descansado ni un momento desde entonces. Pasaron los días y no lo soportaba, se me hundía el pecho de ansiedad así que le di todo mi dinero a ese hombre, hasta el último céntimo, para que me ayudara a encontrarla. Qué importaba ya si no tenia donde dormir ni donde comer, si no la encontraba me iba a morir igual.
—Ayúdame a levantarme hija, ya estoy muy viejo y me duelen todos los huesos. Ella se incorpora y tira de el con energía. Entonces su cara pronuncia un puchero y le ruega con dulzura—: No se vaya padre, quedémonos aquí un rato más, como cuando era niña. Siempre quise traer aquí a Inés para que jugara en este porche como yo lo hice, y viera los cerezos en flor que parece se visten de boda. Se desprende de ella y camina lentamente hacía el interior de la casa. Antes de desaparecer susurra—: Y lo harás pequeña mía, descuida que lo harás.

 Las manos de Imilia están entrelazadas y se despierta de su propia fuerza, abre los ojos y la almohada está empapada. Se ha apartado de la realidad durante unos minutos. Pero la realidad ha vuelto e Inés, no está ahí. Corre a la ventana y fuera todo sigue igual, una fila de coches aparcados detrás de una verja rota, un perro que ya no ladra y una farola encendida que alumbra la entrada de su puerta siempre desierta, húmeda y oscura, como esa noche que parece no terminar nunca. Se acurruca bajo la ventana. Sus dedos acarician un pequeño peluche desgastado que guarda en el bolsillo de su mandil, el mismo que llevaba hacía semanas, manchado de trabajo de muchas jornadas. En el otro bolsillo un billete y monedas, todo lo que le quedaba, todo lo que aquel hombre le dejó conservar del dinero que acepto para ayudarla.
—Nombre
—Imilia Salinas
—Emilia
—No, Imilia; Mi madre no sabía leer ni escribir y tampoco oía muy bien, ella siempre escuchó Imilia en vez de Emilia y es el que me puso.
Ante su comentario, no pudo menos que sonreír. Miró dentro de un sobre, sin contar el dinero su voz áspera retumbó.
— ¿Esto es todo lo que tienes? ¿Con esto quieres que encuentre a la cría? Lo cerró y le dirigió una mirada rendida.
—Con esto no tengo ni para empezar, teniendo en cuenta que es probable que ahora este en un barco atravesando el atlántico…
—Es todo lo que tengo. —Le interrumpió.
—Pues no esperes mucho, mejor no esperes nada. Tramito permisos, os saco de algún lío, y pillo ladronzuelos; pero esto ya es más grave, esto es tema de la policía, y más aun con esta limosna.
 –He venido aquí porque me han dicho que usted podría ayudarme, si no puede dígamelo y  me vuelvo al puerto.
—Lo que no sé, es como no te han trincado ya, olisqueando a cada turista que se sube a un barco y con esas pintas de pordiosera. Imilia reparó en su aspecto; avergonzada se arregló el pelo y sacudió su la ropa. El la observó y no vio mas que a una niña, una niña que ha crecido a trompicones y ha visto más de lo que debería. Enseguida imagino su historia, como muchas que ya conocía, historias olvidadas de personas olvidadas, desmadejadas y sin brillo en la mirada robado por una suerte caprichosa de haberlas elegido para jugar con un destino sin futuro aparente, más allá de pasarse la vida mendigando y suplicando, dejando atrás un país con un porvenir menos prometedor aún que el encontrado.
—Deja eso ahí anda, y ya veré lo que puedo hacer, vuelve en una semana. —Repuso
—Si señor, muchas gracias señor, por favor encuéntrela. Antes de cruzar la puerta la detiene.
—Espera, donde vas a ir, si estamos en medio de la nada. Quédate con algo para que puedas salir de aquí antes de que me arrepienta.

Los días pasaron lentos y pesados para Imilia
—Me dijo una semana.
—Ya, ya veo que sabes contar los días, siéntate.
—No, estoy bien así gracias.
El la observo aun más flaca y desaliñada que la ultima vez.
—No hay nada seguro, con la limosna que me diste solo pude comprar rumores, y me sorprendería que fueran ciertos. Mi teoría es que esa niña habrá zarpado de nuestras costas hace tiempo, pero ahí va: hay una casa, no lejos de aquí,  Rivaonda se llama el pueblo, a 32 km, una casa a las afueras con fachada amarilla y puede ser que tu hija se encuentre ahí.
Sintió que le fallaban las piernas e improvisó un asiento en un escalón del despacho.
—¿Y como voy hasta allí?
—Eso ya no es asunto mío, a partir de hoy nada tuyo es asunto mío. Te advierto que ni es seguro que este ahí, ni deberías ir sola. No se nada de esa gente, más que los dueños son los mismos que cuando se construyó. Mi último consejo: ve a la policía y que ellos se encarguen.

El dinero sigue en uno de sus bolsillos y el peluche de Inés en el otro. El reloj marca las cinco de la mañana, por fin va avanzando. Aun quedan dos horas, dos horas de anhelo, y dos horas de agonía. A través de la ventana un fila de coches aparcados, una verja rota, un perro dormitando y una farola encendida que alumbra la entrada a una habitación llena de dudas, miedo, y espera.  

“Creo que no mentía, o sí...”, los pensamientos le asaltan y le nublan por completo “Cuando me abalancé sobre él, su expresión le delató pero yo creo que no mentía, Dios mío que no mintiera…”

Llego a pie, y llego aturdida, el miedo de una mano y la esperanza de otra. Permaneció largo tiempo sentada en la plaza de Rivaonda, sin tener la más remota idea qué hacer. La noche estaba cayendo, al final de la avenida principal de baldosas irregulares empezaba una subida empedrada, que desdibujaba el camino y a lo lejos una casa de paredes amarillas. La podía ver desde allí sentada, desde la mismísima plaza, y allí podía estar Inés. Se estremecía como cada noche desde que desapareció, cuando los fantasmas aparecen y se las apañan para deshacer la calma. La noche todo lo tuerce, uno pierde el sentido y ahora con más razones que nunca. Trataba de evadir los pensamientos que se cruzaban por su cabeza, solo la imagen de Inés teniendo miedo, frío o hambre le torturaban hasta terminar con su cordura. Y esa falta de cordura fue la que le hizo abalanzarse sobre aquel anciano que caminaba con prisa atravesando la plaza, cuando ya casi nadie quedaba en las calles y todo el mundo corría a refugiarse del frío húmedo que presentaba la noche.
—¡Por favor tiene que ayudarme!
El personaje no daba crédito, su expresión se descompuso al ver a la chica tendida a sus pies, lloriqueando, con aspecto abandonado; parecía una niña pequeña totalmente abandonada.
—Tiene que ayudarme me han dicho que está allí, en aquella casa.
Una mano señalaba la oscuridad ya presente y la otra no soltaba el pantalón del individuo.
—Tiene que acompañarme, por favor, a mi sola no me la darán, debo ir con alguien, si aviso a la policía se estropeara todo, yo llamaré después y lo contare, cuando ya no puedan alcanzarme; pero por favor, tenemos que ir ahora, ¡tenemos que ver si esta ahí! Le prometo, no se como, que se lo pagare, por favor venga conmigo  —le rogó.
Balbuceaba entre sollozos, apartando la vista para no ver la expresión de aquel hombre, para no encajar un rechazo, su baza estaba echada y ella lo sabía.  Aquel hombre se agachó a su altura y le ayudó a incorporase. No hablaba, ni una palabra. Cruzó con ella la plaza y se adentraron al abrigo de un café a punto de cerrar sus puertas. El hombre seguía sin articular palabra y ella observaba su silencio, intentando analizar el porque de esa conducta tan extraña.
—Qué va a hacer, ¿llamara usted a la policía?
 Le condujo hasta una mesa y una vez sentados por fin habló. Primero pidió algo de beber y luego se dirigió ella.
—Voy a ayudarte, pero primero tendrás que escucharme.
Ella dejó de llorar y asintió a la vez que se llevaba las manos al pecho en gesto de agradecimiento.
—No me des las gracias pues es probable que cuando termine de hablar me odies —le explicó—, Pero ya todo dará igual. No puedo imaginarme por lo que habrás pasado, solo te pido unos minutos para contarte una historia; mi historia, la historia de amor que fue mi vida y después, cuando termine podrás decidir que hacer. Te pido que me escuches y que confíes en mi palabra, después como te he dicho todo habrá terminado y tú serás quien decida.

Imilia no ocultaba su asombro y por fin cierra la boca que había olvidado abierta de puro asombro. Se incorporó en la silla y escuchó, sujetando su vaso con ambas manos y sin derramar ni una lagrima más, atendió toda la historia de principio a fin; una historia dura, y triste, una historia de valor, pero sobre todo de amor. Las palabras de aquel hombre inundaban el café y narraban su vida llena esfuerzo y de logros, de calidez y de esperanza, sobre un joven que lucha en guerra de otros y salva su vida y las de otros; sobrevive al amparo de una fotografía, la imagen de de una mujer amada cuya promesa de volver con ella otorga valentía y fuerzas para seguir adelante. Un amor, que le valió para vencer mil batallas en la vida excepto una, la única batalla que no pudieron vencer juntos y se llevo a lo que mas querían, la perdida de una niña que abrió un abismo entre dos que antes eran uno y que les hundió en el más profundo pozo de locura. Un hombre que luchó pero no consiguió rescatarla de esa demencia que pareció haberse instaurado en el vació que dejó la niña, el vacío de una vida sin vida, al que su amor se dejó caer.
Perdió a su ángel y después a ella, su corazón, Sofía.
—Y ahí entras tú.
Hizo una pausa,  bebió un trago de café y siguió relatando su historia. Imilia le seguía escuchando, ahora con la mirada altiva y desconfiada. Un cúmulo de emociones y presagios desbordaban su cabeza.
—Fue una mañana cualquiera de un domingo cualquiera, como otro día cualquiera en el que Sofía no tenía nada que perder, cuando vio aquella pequeña en su cunita improvisada, a los pies de aquel puesto de fruta, en aquel mercado atiborrado de gente.  No fue consciente de pura inconsciencia que se llevaba el corazón inocente de un bebé de ojos verdes y dejaba otro destrozado  en aquel puesto de mercado.
El anciano poso sus manos en las manos de Imilia y ella las rechazó desconfiada.
—Las locuras de una mujer solo otra puede entenderlas —afirmó— y no perdonarlas pues no te pido que lo hagas. Desde aquel día no he dejado de esperar la llegada a mi casa de cualquiera que nos la quitara de vuelta y nos llevara de nuevo al infierno, así que estoy preparado para todo lo que pueda venir. Ya estoy cansado de tener miedo; pero encontrar en Sofía ese brillo de vuelta en sus ojos…—hizo una pausa, y suspiró— verla tan feliz estas últimas semanas,  hará que nuestro final sea el más dulce… a costa del sufrimiento que tú has pasado.
Imilia cubre su cara con ambas manos y niega con la cabeza.
—No teníais derecho…—replica— ¡devuélvela!, devuélvemela...

Una historia, una promesa y un vacío, le dejan sola en aquella habitación a la espera de que en unas horas, justo antes de que amanezca él se la lleve de vuelta. A riesgo de una mentira, a riesgo de que escapen con ella;  una promesa a cambio de ningún perdón, de cualquier consecuencia que recaiga y será enteramente asumida.
“A las siete de la mañana, ni un minuto después, cuando haya amanecido yo la traeré a esta misma habitación y volveré a casa, no nos moveremos de allí y tú podrás decidir que hacer con nuestro destino, te lo prometo”.

La luz comienza a hacerse sitio dentro de la vieja habitación, irrumpe descarada a través de la ventana, descubriendo minúsculas motas de polvo que viajan distraídas a cámara lenta.  Esta vez se acerca a la ventana de cuclillas, se incorpora lentamente con el cuerpo pegado a la pared y asoma la cabeza levemente, su corazón golpea el pecho desaforadamente, pudiendo escuchar ella misma su palpitar retumbando a su alrededor. Una fila de coches aparcados, una verja rota ahora color rojo oxidado, un perro que vuelve a ladrar a lo lejos, y una farola aún encendida que mezcla su luz con la claridad del día. Súbitamente su cuerpo se desploma al suelo al escuchar un estruendo en la puerta.
 —¡Abra! —Golpean la puerta— ¡abra la puerta! Mira el reloj: las siete y diez minutos.


Mónica Montes

jueves, 2 de mayo de 2013

Sorteo del libro "Cazadores de Sombras"

Para animar un poco este blog, vamos a sortear un libro entre todos los comentarios que hagáis a partir de hoy 2 de Mayo de 2013 hasta finales del mismo mes.
El libro es "Cazadores de Sombras" de la escritora Cassandra Clare, de la editorial Destino en tapa dura.
El sorteo es valido para todo el territorio Español, nos comprometemos a mandarlo por correo a cualquier parte de España. Es imprescindible hacerse seguidor de este Blog y dejar el comentario de cualquiera de las maneras que nos permite google excepto de manera anónima, así  podremos confirmar la persona ganadora y ponernos en contacto con ella.
Pues nada, anímense a leer los ocho relatos ganadores y dejar comentarios para animar a los escritores grandes y pequeños, que además tiene premio.
Os dejamos el enlace de la editorial para poneros los dientes largos.

Cazadores de Sombras


Buena lectura y mucha suerte.
Asociación Cultural Castillo del Águila