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viernes, 8 de junio de 2018

VI Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca

VI Concurso de


Relatos Cortos de

Playa Blanca


La Asociación Cultural Castillo del Águila, con la colaboración y patrocinio del Exmo. Ayuntamiento de Yaiza, convoca el VI Concurso de Relatos de Playa Blanca con la finalidad de promocionar la literatura creativa en el municipio.


1. CATEGORÍAS:
  • Infantil: Alumnos y alumnas de Segundo y Tercer Ciclo de Primaria. 
  • Juvenil: Alumnos y alumnas de ESO. 
  • Adultos: De 16 años en adelante. 

2. PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:
La fecha límite para la presentación de los relatos será el domingo 9 de septiembre de 2018, mediante un archivo de texto adjunto a un correo electrónico remitido a la dirección: 

concursoderelatosplayablanca@hotmail.com

En el asunto del mensaje figurará VI CONCURSO DE RELATOS DE PLAYA BLANCA y la categoría en la que participa (INFANTIL, JUVENIL o ADULTO).
En el texto del relato no se consignará nombre alguno, los datos del autor figurarán sólo en el cuerpo del email de envío. El jurado recibirá los textos de parte de la organización sin conocer su remitente.

3. CARACTERÍSTICAS DE LOS TRABAJOS:
Para participar en este concurso será necesario residir en Lanzarote y podrá enviarse un sólo relato por autor.
El género y la temática serán de libre elección del autor.
Las obras se entregarán en lengua castellana y deberán ser originales e inéditas, no premiadas anteriormente en ningún otro concurso, ni sujetas a compromiso alguno de edición.
Estarán escritas en letra Times New Roman de 12 puntos y a doble espacio.
Extensión de los textos:
Categoría Infantil: entre 500 y 1000 palabras (entre 1 cara y media a 3 caras)
Categorías Juvenil y Adultos: entre 1000 y 3000 palabras (de tres a seis caras)

4. FALLO DEL JURADO Y PREMIOS:
El jurado estará formado por escritores relevantes y por miembros de la comunidad educativa y cultural de la Isla.
El fallo del jurado se dará a conocer durante la entrega de premios, que se realizará en el marco de la celebración del I Festival de Cuentos que tiene previsto organizar el Ayuntamiento de Yaiza a primeros de octubre del presente año. La fechar, hora y lugar está por concretar, por lo que se publicará en el blog de la asociación: bibliotecaplayablanca.blogspot.com.
El premio en la categoría de adultos será de 400 euros en metálico, en juvenil ascenderá a 200 euros y en infantil a 100 euros. Será requisito indispensable acudir al acto de entrega de premios para recibirlo y los menores de edad deberán estar acompañados de su madre, padre o tutor legal. En caso de ausencia del ganador, el premio recaerá en el siguiente clasificado.
Los trabajos presentados quedarán en propiedad de la Asociación Cultural Castillo del Águila para su publicación tanto en papel como en formato digital.

La participación en este concurso supone la aceptación de las presentes bases. El incumplimiento de una o varias de ellas descalificará automáticamente el trabajo presentado.

En Playa Blanca a 8 de junio de 2018

jueves, 7 de junio de 2018

Ganadora del V Concurso de Relatos de Playa Blanca, categoría juvenil

Monocromo
Los demás duermen mientras suenan las bombas por tercera vez, pero esta noche no he sido de los afortunados. Permanezco quieto con los ojos abiertos buscando calma en la monotonía de los ronquidos repetitivos de mis compañeros. Son truenos que me rodean, y llaman mi atención sobre lo que está ocurriendo fuera de nuestra pequeña tienda de campaña, de nuestra seguridad, como dicen. Una tontería, ningún sitio en medio de una guerra puede ser realmente seguro.
Es diciembre de 1916 y hemos tenido casi un año para asimilar nuestra muerte. Claro, ser soldado en esta guerra significa ser nada más que un cuerpo. Te usan como número, como una diana a la que disparar unos cinco segundos después de haber salido del búnker. Parece que la mayoría no lo pasan tan mal; hablan de patria, del amor del país y de la honra del rey. Sin embargo, sé que están también cerca de mí en estos momentos hombres con fotos de sus familias en las manos, perdonándose las lágrimas que caen en las sabanas sucias bajo la oscuridad de la madrugada. No soy de los que tiene alguna razón por la que volver, ni mujer ni hijos ni padres ni hermanos; pero tampoco me identifico con estos chicos que fueron creados en una fábrica del ejército, estos tipos que sólo han nacido para morir. Esto no debe ser lo único que uno hace con su vida. Ni yo ni nadie. Soy joven, bien parecido y podría ser listo dada la oportunidad. Quiero marcar diferencia en estos tiempos oscuros, inyectar un poco de color en lo que es ahora un cuadro en blanco y negro. Mañana, definitivamente, empezaré a buscar una manera eficaz de escaparme de aquí. Lo tengo que hacer. Si no, acabaré muerto antes de que ellos lo intenten.
Hemos ido a correr por fuera del campamento y parece que saltar la valla no es complicado, lo difícil es llegar a la propia valla antes de que te vean. Tienen luces que continuamente buscan sombras y balas que no paran hasta encontrarse con carne. Si me pillan me matarán al instante, y es precisamente eso lo que pretendo evitar. Tengo que pensar en una manera más segura, en un plan infalible.
Son las tres de la mañana y parece que ya no duermo más de dos horas por noche. Estaba escuchando el viento de afuera cuando vi durante medio segundo una figura blanca en la esquina de la tienda, al mismo tiempo que reconocí lo que me parecía ser un maullido de gato dolorido. El sonido que le siguió me hizo entenderlo todo al instante. El soldado de dos camas a mi izquierda tenía una pistola escondida bajo su almohada y se había disparado en la pierna.
La formación militar se manifiesta de manera rápida y eficaz. Los otros cinco compañeros del grupo y yo teníamos al herido en una tabla improvisada con lo que quedaba de su pierna derecha arriba, y un pañuelo atado en la rodilla para conservar la sangre que le quedaba. Él no notó lo que estábamos haciendo, el dolor le cubría los ojos como una venda de seda, cosa que le salvo de las miradas sospechosas que nos lanzábamos unos a otros. Nos habían hablado de este tipo de cosas, de gente haciéndose heridas casi fatales para escaparse de los horrores que les esperan. Mientras que las demás mentes estaban llenas de preocupaciones de lo que nos pasaría por tener un “cobarde” en el grupo, la mía se estaba saturando con ideas.
El chico que se disparó había cogido para sí mismo la mejor manera de ser mandado a casa, pero era también la más conocida. Tomé inspiración de lo que hizo pero decidí adaptarlo, no funcionaría dos veces lo mismo. La única opción que me queda es hacerme el loco, escuché que un soldado no puede estar en las fronteras si tiene algún trastorno mental. Será difícil, pues no funcionará de inmediato, pero es la última idea que me queda y haré lo posible por una vida fuera de aquí.
Empecé de manera sutil, soltando de vez en cuando alguna frase sin sentido o algún movimiento fuera de contexto, pero a medida de que iban pasando las semanas e iba notando las miradas inseguras decidí intensificar el teatro. No había hablado con nadie durante días pero cuando fuimos a entrenar un martes de abril no paré de buscar conversación. Cuando estábamos corriendo todos juntos por la valla exterior como hacemos todos los días, me tiré al suelo y comencé a gritar incoherentemente durante unos tres o cuatro minutos hasta que dos generales me vinieron a buscar. Me llevaron con ellos y posteriormente me informaron de que no estaba en condiciones adecuadas para seguir participando en los entrenamientos físicos diarios. Esto es lo último positivo que he escuchado.
A partir de ahí pensé que ya habían picado el anzuelo y que iba a estar de camino a casa como mucho dos semanas después, pero han pasado meses y lo único que puedo hacer es ir aumentando los niveles de inestabilidad que muestro. El estrés y el insomnio están teniendo efectos, y cuando me vi en el espejo ayer, era un esqueleto quien encontró mi mirada. Un hombre más viejo de los años que en realidad tengo y con greñas de pelo sucio que caen por mis hombros. He perdido la musculatura que había trabajado durante tantos años, y como consecuencia la piel me queda suelta como si no fuera mía. Estoy intentando recordar cuándo fue la última vez que comí, pero los días se me mezclan desde que sólo duermo minutos sueltos cada par de horas.
Creo que sospechan algo, me miran más de lo normal y oigo susurros en todo momento, incluso cuando no están a mi vista. Sin duda me están vigilando constantemente, por eso mantengo la fachada a todas horas, aun cuando cada célula de mi cuerpo me pide descanso.
Pero resulta insoportable, cada día pienso que tiene que ser el último y son incontables la veces que he querido admitir que estoy fingiendo. Mas ya no puedo volver hacia atrás, estoy atrapado en la mentira, y parece que cada ojo en el campamento está dirigido hacia mí. Esta noche no he podido aguantar la ansiedad y mi carácter se ha quebrado durante treinta segundos, mordiendo la sábana y gritando contra la almohada de mi cama. Aunque, pensándolo, ese medio minuto de locura ha sido tan parecido a como actúo durante el resto del día que nadie habrá notado la diferencia si es que me han visto.
Si consigo dormir por una vez, aparecen en mis sueños imágenes de soldados muertos tirados en el suelo. Cuando intento correr piso cuerpos y escucho gritos de dolor que provienen de cadáveres sin voz. Me despierto chillando cada noche, y cuando abro los ojos los soldados están todavía frente a mí, a centímetros de mi cara, hablando con palabras que nunca entiendo. No sé quiénes son, pero ya no me asustan, ni siquiera sé si están vivos o no. A veces pierdo la visión por completo y cuando las figuras se enfocan de nuevo son siempre soldados muertos, con caras distintas y con voces mezcladas.
No distingo sueños de realidad y no entiendo si estoy ya fuera del campamento, sinceramente me da igual. Sólo quiero salir del infierno que es mi cabeza, que es mi vida. Hasta morir en la guerra sería una manera de escapar, rápido y sin complicaciones. Ya no quiero marcar diferencia ni crear belleza. Quizá no hace falta inyectar color, por ahora necesitamos vivir en blanco y negro. Lo único que quieren hacer es matar y morir, y lo han conseguido. Millones de cadáveres tirados por los campos del país, y millones de cabezas como la mía muertas. No es vivir, realmente, cuando ven el mundo en monocromo, cuando te tratan como un difunto andante. 
Aimee Lewis

viernes, 28 de abril de 2017

Ganadora del V Concurso de Relatos de Playa Blanca, categoría infantil



Siempre nos sorprendieron la categoría infantil por su imaginación y esta vez no ha sido diferente, os dejamos un lindo cuento que bien ha valido una cámara fotográfica de aventura y un bono anual al Aqualava.

En la biblioteca mágica

Érase una vez, en mil novecientos ochenta y nueve, una niña risueña y encantadora a la que le gustaba muchísimo leer, su nombre era Catalina. Una lluviosa y grisácea mañana de septiembre en la que la tormenta y el viento no dejaban de sonar, Catalina decidió pedirle a su madre si la dejaba acercarse a la biblioteca, ya que en la calle no se podía jugar y se aburría de estar encerrada en casa. La madre, que se llamaba Dolores, accedió gustosa sabedora del placer que sobre su hija ejercía la lectura, los libros la hechizaban.

Catalina comenzó a caminar rumbo al mágico edificio que almacenaba los preciados libros, cuando a tres calles de su casa se encontró con su amigo Rubén, que volvía hecho una sopa tras atender varios recados de su madre. Rubén, al ver a Catalina caminar sin prisa bajo su paraguas en medio de un día tan desapacible, comenzó un pequeño y cansino interrogatorio, que no cesó hasta obtener los resultados deseados y nuestra protagonista aburrida de tanta pregunta acabó por confesar el objetivo de su paseo.
Catalina, con tono bromista le dijo a su amigo - ¿te vienes? -, pero la respuesta de Rubén hizo que la sonrisa se mudara en perplejidad – sí, me apunto – y así fue como Catalina, con su cara de asombro y Rubén continuaron caminando hacia la biblioteca.

Al atravesar por fin la puerta del edificio y librarse del viento y la lluvia, se dieron cuenta de que eran los únicos niños a los que se le había ocurrido salir de casa para leer un rato. Todo parecía muy raro, Catalina había estado en la biblioteca infinitas veces, pero nunca se había visto sola, siempre se había encontrado con gente que había acudido a leer, buscar libros, pelis, música o a la sala de informática. 

De repente notaron cómo los libros se movían. Rubén al ver que un libro estaba a punto de lanzarse desde la estantería corrió para rescatarlo y se lo pasó a su acompañante quien tras notar que del libro salía una luz se quedó estupefacta y boquiabierta, pero sin una pizca de miedo.

No le había dado tiempo a girarse para mirar a Rubén cuando sorprendentemente salió del libro una especie de ser diminuto con cuerpo de mil letras y se les presentó diciendo que ella era un hada de los libros. Decía que había miles como ella en todas las bibliotecas, una para cada libro e incluso podían vivir dos en un mismo libro si éste era muy largo.

Su trabajo consistía en darle magia al libro, hacerlo interesante y conseguir así, que tanto niños como adultos se divirtieran y disfrutaran hasta terminar amando la lectura. 

También les contó que cada hada era distinta, cada una tenía su propio nombre y su propia personalidad. Incluso llegó a confesarles, que algunas hadas eran muy juguetonas y traviesas y se divertían haciendo pequeños hechizos sobre aquellos que leían los libros en que ellas habitaban, consiguiendo que la persona se interesase tanto en la historia que no desease hacer otra cosa salvo leer para poder terminar el libro y conocer el desenlace.

Catalina y Rubén estaban fascinados, un hada les estaba hablando, les estaba contando secretos…… Ahora podían entender por qué había personas que siempre viajaban, iban a la playa o llevaban un libro bajo el brazo, al fin entendían por qué algunas noches ellos mismos preferían leer a dormir y sus madres tenían que acudir varias veces a pedir que, soltaran el libro, apagasen la luz, todo tenía sentido.

Cada instante que pasaban con aquel ser mágico se sentían más afortunados, ¿por qué se les había aparecido el hada a ellos? ¿por qué les había contado ese fabuloso secreto? Tanta era su curiosidad que Catalina no pudo contenerse y le preguntó al hada – si vosotras siempre estáis ahí escondidas, ¿por qué te has dejado ver por nosotros? -, el hada los miró sonriente y con su voz dulce les dijo – sois especiales, habéis desafiado el temporal y habéis venido a la biblioteca, nuestro “gran palacio” ……mirad alrededor, no hay nadie sólo vosotros, así que las hadas hemos decidido haceros un regalo, os hemos dado el secreto de la magia de los libros. Tras decir esto y lanzarles un beso con polvos mágicos el hada desapareció.

Desde ese día Catalina y Rubén volvían a visitar los días con mal tiempo la biblioteca para llevarles a las hadas dibujos y mensajes bonitos hechos por niños y mayores que agradecían a las hadas la lectura.

Claudia Castizo

domingo, 23 de abril de 2017

Ganadora del V Concurso de Relatos de Playa Blanca, categoría adultos

Ilustración de Mikel Casal

Coincidiendo con el día del libro, queremos celebrarlo con la publicación de los ganadores del V Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca, en esta ocasión vamos a empezar con la ganadora en la categoría de Adultos, ella ha sido Tere Perera, una amante de las letras que ya nos sorprendió con su verso y ahora nos vuelve a enamorar con su prosa. Espero que les guste tanto como le ha gustado a nuestro jurado.


La magia de un Faro

La lectura como acto de amor  (Luz Del Olmo)
Mi abuela no había querido ir a vivir a ningún otro sitio, así que optó por quedarse en el lugar donde había nacido. Era hija del ordenanza del faro y aquella isla, minúscula en sus dimensiones, había sido para ella un mundo inmenso.
No sé cuántas veces le  pedí:
—Abuela, ¡cuéntame cosas de cuando tú eras niña!  
Y comenzaba a hablarme con mucho entusiasmo de sus recuerdos.
  —Yo vivía con mis padres en una de las dos viviendas del faro. En la otra vivían el farero, su mujer y su hija. Como bien sabes, querida Tindaya, cuando me casé me fui a vivir al pueblo.
—Abuela —la interrumpí guiñándole un ojo y sonriendo— no te pregunto a qué pueblo, porque aquí en la isla no existe ningún otro.
—Me hice amiga de la hija del farero, que tenía mi misma edad —prosiguió mi abuela—. Su padre nos enseñó a leer, nos daba clases y ponía a nuestro alcance todo tipo de cuentos. Y no te imaginas cómo nos las ingeniábamos para subir por la escalera de caracol a lo más alto del faro, ya que su padre no nos dejaba. Cuando esa familia se fue de la isla porque habían automatizado el faro, dejó todos sus libros en la casa junto con la llave para que yo pudiera leer mientras mis padres hacían su trabajo. A diario, me llevaba los libros a mi habitación y me sentaba en una estera de hojas de palmera, los leía y los volvía a leer. Luego los colocaba otra vez en su sitio. Entre esos libros leí el de un pequeño príncipe, que me cautivó. Tindaya, todo esto que te cuento, me trae a la cabeza una frase de ese libro: Todas las personas mayores han sido primero niños.
También mi abuela había sido niña y yo la imaginaba correteando con su amiguita por aquel paisaje seco, casi desértico, escuchando día y noche el timple sonoro del mar.
Me crié con ella en el pueblo y, con los años, descubrí que su paciencia no tenía límites: me enseñó los trazos, me leía cuentos y, otras veces, se los inventaba. Miles de historias corrían sin parar por su cabeza. Aún recuerdo la de un lobo marino de carita tierna que, según me dijo, se acercó a la costa y todos corrían a verle; la de un pájaro que quedó prendado de la luz del faro e hizo su nido en lo más alto de la torre; la de una lapa majorera que no quería desprenderse de la roca; la del polluelo de pardela que no podía volar, y así muchos cuentos que aún parpadean en mi memoria. Ustedes no creerán que cuando me contó lo de los murciélagos que cuidan los libros en una biblioteca de Portugal, yo pensaba que la abuela se había vuelto majareta, pero es real como la vida misma.
De niña, algunas veces me encontraba entretenida mirando los cabosos en la charca. Ella no me perdía de vista y, al rato, se acercaba y me cogía  de la mano mientras me cantaba: "A correr a correr, es la hora de leer". Entrábamos en la casita, cogíamos el libro y nos sentábamos en el banco de piedra situado en el exterior. Me decía que dentro de los libros nos esperaban las palabras, que querían salir volando como vistosas mariposas para llegar cuanto antes a su destino. Con sus ojos, azules como el mar, desnudaba los libros completamente. Las palabras eran granos que brotaban de su boca  y empezaban a germinar repletos de magia. Las tardes de lectura con mi abuela no las cambiaba por nada. Y, ¡cómo nos reíamos a carcajadas con La cabra cabreada, de Gloria Fuertes, por haberse comido el  bonsái de su dueño! Me leía un ratito cada día y, más adelante, cuando ya aprendí, yo también leía. No hacerlo era como saltarme las horas de juego o el refrescante baño en aquellas aguas turquesa en pleno verano.
—Abuela, ¿recuerdas cuando hacíamos de posaderos y manteábamos aquel muñeco regordete  con un paño de cuadros azules y blancos que tenías guardado en la cómoda?
—¡Cómo no me voy a acordar! Sí, eso fue después de contarte el episodio de Sancho Panza con los posaderos: querías mantear al muñeco una y otra vez. Creo que lo teníamos más que mareado.
Todas esas anécdotas creo que aún las recuerdo porque mi abuela me las contaba una y otra vez, ya que es  imposible que pueda acordarme de tantas cosas.
Cuando terminé mis estudios en la isla Grande, me quedé trabajando en una oficina. Siempre tenía en mi cabeza a la abuela; ella me decía que no me preocupara, que estaba bien y que se sentía muy orgullosa de mí. Pero yo pensaba en ella y en mi pequeña isla. Recordaba las palabras del Principito que ella me repetía alguna que otra vez: Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante.
Con los años, una ceguera silenciosa —aunque no total—  causada por la diabetes le impidió disfrutar de uno de los placeres de su vida: la lectura.  La afectaba también en su vida cotidiana, en la que no podía desenvolverse con normalidad. Mi cabeza daba vueltas y más vueltas pensando cómo podría ayudarla.
Y vi claro que yo le podría proporcionar precisamente las dos cosas que más le entusiasmaban y que más necesitaba en ese momento: mi tiempo y la lectura. "Como sea, tengo que leer para ella", me dije a mí misma. Y me comprometí a hacerlo. Pedí tres meses de excedencia en mi trabajo y me lo concedieron.
 Al regresar a la isla, vi a la abuela refugiada en su sillón, muy pensativa, con las manos juntas y los dedos entrelazados mientras movía los pulgares. Ya no tenía la sonrisa de antes. Al verme, me apretó entre sus brazos. En una esquina de la habitación se encontraba su bicicleta paralítica, esa que ella pedaleó durante mucho tiempo y que yo también usé muchas veces. Llevaba allí unos cuantos años. Viendo la realidad de su situación, ideé un plan: además de acompañarla, charlaríamos sobre momentos  pasados y de "sus cosas". Cada tarde le dedicaría un buen rato a la lectura de un libro en voz alta.
Sabía que, recientemente, una sala de la vivienda del faro se había convertido en biblioteca con los libros que dejados por el último farero, más otros que habían aportado escritores e instituciones. Así que me encaminé hacia el faro. Al entrar, noté el olor a humedad pero también el aroma a historias. La bibliotecaria, con un trato exquisito, me llevó a una sala, que era una de las habitaciones de la casa donde habitaron tiempo atrás los torreros destinados a trabajar en el faro. ¡Lástima que mi abuela no pudiese ver cómo había quedado! Paseé entre unas estanterías de libros ordenados y ojeé sus alegres lomos; al  fondo, vi algunas cerámicas que le daban a la sala un toque especial. Entre ellos, los ejemplares de algún farero y también los de hijos y nietos de otros. Unos poemas adornaban los espacios libres de la pared. Aquella biblioteca proyectaba una luz como si  se tratara de un faro encendido que ayuda, noche tras noche, a  los barcos que cruzan estas aguas.
Me decidí por un ejemplar de Josefina Plá, aquella escritora nacida en la isla,  que se fue a vivir al Paraguay. Se lo llevé a mi abuela, que lo cogió con cuidado y lo llevó a su pecho. A continuación, echándose hacia adelante, como esperando algo, me lo devolvió. Se quedó en silencio, aguardando mis palabras. Inicié la lectura y ella se fue sumergiendo en aquella historia fascinante. Fue entonces cuando me regaló su sonrisa llena de colores. Le comenté cómo había encontrado la biblioteca del faro. Y no paraba de preguntarme en qué sala habían instalado la biblioteca, si a la derecha o a la izquierda.
Pasados unos días, volvimos a hablar de la biblioteca del faro y noté en ella mucho interés: diría que quería visitarla... Mi cabeza no dejaba de pensar en ese deseo de mi abuela, mientras caminaba entre aquel curioso paisaje para llegar al otro extremo de la isla. Y pensé en cuánto tiempo ahorraría  si tuviese una bicicleta, ya que en toda la isla no se permitían vehículos a motor, salvo en casos muy especiales. La bibliotecaria iba y venía cada día, del puerto al faro, en su bicicleta. Y abandonaba la isla en el último barco. Le entregué el libro y le pedí que me enseñara todos los que tenían de esa autora.  Me comentó que también había otros de un nieto de uno de los fareros. Elegí dos y me encaminé hacia el pueblo.
Antes de sentarnos a leer, aquella tarde, quise que mi abuela estirara un poco las piernas mientras hablábamos.
—Abuela, ¿dónde quieres que vayamos hoy?
—Tindaya, al lugar que me gustaría ir, tú no puedes llevarme. Así que, caminaremos por aquí cerca —dijo mientras levantaba la mirada como quien quiere ver algo a lo lejos.
Le pedí que se agarrara de mí. El contacto con mi brazo le bastaba para desenvolverse con más soltura y juntas avanzamos por  las estrechas calles de arena y paseamos por los alrededores del pueblo, cuyas casas —blancas y de puertas azules— estaban organizadas como un puzzle mal  encajado. La luz del sol penetraba en las transparentes aguas turquesa, un poco más allá. No apartaba de mi mente la ilusión que le haría a mi abuela volver al faro, pero no sabía qué podía hacer para llevarla. Ese día, el mar frente al pueblo estaba en calma y en el puerto había muchos barcos pesqueros varados. Y,  de repente, me vino una idea a la cabeza, de manera que tuve que morderme la lengua para no gritar: "Ya lo tengo". Al pasar cerca de las rocas, percibimos el olor del pescado que los marineros habían tendido sobre las piedras. Continuamos caminando y llegamos cerca del embarcadero. Le dije a mi abuela que se sentara un momento a la sombra y me fui a hablar con uno de los trabajadores del barco que se encontraba atracado allí y que yo conocía bastante bien. Hablé con él y le hice un encargo. Luego, las dos regresamos a  casa.
Cada vez que se acercaba la hora de la lectura, veía a mi abuela más animosa. Como siempre, nos sentamos en el banco de piedra, que tenía unos cojines como respaldo. Mi abuela seguía siendo esa niña que esperaba su regalo cada tarde. Con la lectura parecía olvidarse de sus problemas, de su ceguera, de sus dolores y de todo. Escuchaba con atención lo que yo le estaba leyendo. Sonreía. Me cogía las manos y las acariciaba. ¡Y yo estaba tan feliz leyendo cada día para ella durante aquella hora!
Junto a esos ratos de entretenimiento, por supuesto, había otros que implicaban esfuerzo: ayudarla a preparar la comida, a ir al aseo, ayudarla a vestirse, acompañarla a la cama...
—Un día me iré para siempre y solo te quedarán mis recuerdos —me decía muy segura.
Ella sentía  mi cariño, aunque, en realidad, yo la adoraba. La recordaba algunos años atrás, fijando su mirada en el cojín de las rosetas mientras sus manos las elaboraban para luego enviarlas en aquel barco que araba las olas hacia la isla Grande o almidonando mis vestidos con aquellas planchas de hierro.
El día que llegó el encargo, y supo de qué se trataba, la abuela sonrió de verdad por primera vez después de mi llegada. Había encargado al trabajador del barco una bicicleta de segunda mano para dos. Sin yo decirle nada, vi como la abuela se arremangaba la falda e intentaba subirse. Ella se sentó detrás. Entonces iniciamos el sendero. Aunque el mayor esfuerzo recaía sobre mí, era superdivertido compartir aquella bicicleta y nos entró un ataque de risa cuando intentamos coordinarnos, porque a mi abuela le costaba, y mucho. Nos bajábamos y volvíamos a subir. Hacía mucho tiempo que la abuela no pedaleaba ni se reía a carcajadas. El alisio nos daba en la cara mientras disfrutábamos juntas de la sensación de pedaleo. Aquella vista me apasionaba; lástima que la abuela no pudiese verla con claridad. No le había dicho nada, pero ella sabía hacia dónde nos dirigíamos. Pedaleábamos con esfuerzo, lentamente, y cada vez avanzábamos un poco más.  Pero al  rato notamos que algo no iba bien. Nuestra ruta se interrumpió de repente, pues la cadena se quedó atascada. Por un momento pensé que quizá no había sido buena idea llevar a la abuela al otro extremo de la isla.
—Déjame a mí —dijo  ella muy dispuesta, bajándose de la bicicleta.
—Abuela, que tú no puedes.
Y estuve a punto de decirle que ella no veía bien.
—Hija, no te imaginas cuántas veces hice esto. No es la primera vez que la cadena atrapa el vuelto de mi falda.
No sé cómo, pero ella liberó su falda —algo deshilachada— de la cadena girando con mucho cuidado el plato y la rueda trasera,  y colocando de nuevo la cadena en su sitio. Se limpió después las manos grasientas en un clínex que le ofrecí y continuamos nuestro camino, como si fuéramos una sola.
Allí, en lo alto, se encontraba el faro. Al llegar al pie del promontorio, dejamos la bicicleta apoyada en una roca y subimos la cuesta caminando. En el patio nos recibió una bocanada de aire fresco, que llegaba del mar. Sus ojos se habían aguado y su voz era más frágil. La emoción la embargaba, pues esa era la primera casa que consideró como suya. Se frotó los ojos como si con ello pudiera verlo todo con claridad.
—Aquí fui muy feliz —dijo soltando un suspiro.
 En su cara se veían las arrugas de los años, que se le quedaron como un hermoso regalo, pero la veía segura. Contuvo la respiración y comenzó a andar sola por la sala. Tocó los libros con sus manos. La bibliotecaria se quedó mirando sin decir nada. Luego le ofreció sentarse en uno de los sofás, pero ella seguía rastreando el sonido de la vida de aquella sala convertida en biblioteca. Allí había recibido sus clases, allí había leído un montón de libros: aquel lugar era mágico y dejó de ir porque le quedaba lejos y ya no podía usar la  bicicleta. Pidió un libro a la bibliotecaria. Esta lo buscó y se lo entregó.
—Tindaya, pasa las páginas despacio—me ordenó entregándome el libro. Y así lo hice. Dentro descubrí el dibujo a bolígrafo de una niña.
—Abuela, pero... ¿quién hizo esto?
—Fui yo. No me irás a pelear ahora, que bastante reprimenda recibí del farero aquel día. Yo quería dibujarme al lado de la rosa para cuidarla cuando el Principito no estuviera.
Devolvimos el libro y sacamos otro que tenía un monje tibetano en la portada. Al salir, bajamos muy despacio, como quien se despide por última vez y no quiere alejarse. Dejamos atrás el faro y nos entregamos a continuar pedaleando. Mantuvimos el silencio casi hasta llegar al pueblo. La abuela parecía sobrecogida por los recuerdos de aquella casa.
Al poco tiempo de  esa hazaña, un día amaneció la isla con nubes muy oscuras. Y esa misma oscuridad penetró en la casa porque, al llegar la noche, la luna no deseó asomarse. La abuela en todo el día no quiso abandonar su cama. Sentí su fragilidad, su capacidad de movimiento se fue deteriorando a pasos agigantados y necesitaba mucho más de mi ayuda. Iba viendo cómo su vida se apagaba. Los últimos días intentaba imaginarla arrullándome con su voz, hablándome con ternura de lo que sintió Juan Ramón con la marcha de Platero.
No terminé de leerle el libro, porque dos días más tarde el destino quiso que tomara su barca y nos dejara. Yo continúe esa lectura en su honor al regresar a la isla Grande porque quería conocer cómo continuaba aquella estremecedora historia de Palden Gyatso, que tanto había intrigado a mi abuela.

        Ahora sé que, aunque se haya ido, seguirá siempre a mi lado, disfrutando a través de mí de la lectura. Solo desearía poder transmitir ese legado que a ambas nos hizo tan felices y del que aún sigo disfrutando siempre que un libro cae entre mis manos.
Tere Perera

viernes, 21 de abril de 2017

Ganadores del V Certamen de Relatos Cortos de Playa Blanca


Tras una gran deliberación de los jurados ya tenemos a los ganadores del V Certamen de Relatos de Playa Blanca. Un certamen que poco a poco va madurando y teniendo más participantes de toda la isla. Algo que empezó para conmemorar la apertura de la Biblioteca Municipal a nivel local, poco a poco ha ido extendiéndose por toda la isla y llegando a Fuerteventura en las dos últimas ediciones. Queremos agradecer a todas las personas que nos han ayudado a seguir adelante pese a que a veces los obstáculos que íbamos encontrando nos desmoralizaban y pensábamos en tirar la toalla. Gracias a las empresas que año tras año han confiado en nosotros y nos han dado los premios para las distintas categorías y sobretodo gracias a los cientos de participantes que año tras año nos hacen disfrutar con sus historias.Y como no a nuestro jurado que un año más ha hecho un gran esfuerzo por leerse todos los relatos y puntuarlos con mucho cariño y profesionalidad. Especial reconocimiento al diseñador Mikel Casal por cedernos la imagen que representa esta convocatoria.



La ganadora en la categoría Infantil ha sido
Claudia Castizo con su relato "En la biblioteca mágica" del municipio de Teguise

La ganadora en la categoría Juvenil ha sido
Aimee Lewis con su relato "Monocromo" del municipio de Yaiza

La ganadora en la categoría de Adultos ha sido
Tere Perera con su relato "La magia de un faro" del municipio de San Bartolomé.

Empresas patrocinadoras y los premios cedidos al certamen.


Queremos tener un especial recuerdo hacia Esther Lidia Hernández González, quien ha sido todos estos años una fiel participante del concurso y nos ha dejado con gran dolor a familiares y amigos. Siempre tendremos un especial recuerdo de sus relatos.

Asociación Cultural Castillo del Águila





sábado, 21 de enero de 2017




La Asociación Cultural Castillo del Águila convoca el V Concurso de Relatos de Playa Blanca como parte de la celebración del Día Internacional del Libro, el próximo 23 de abril, y con la finalidad de promocionar la literatura creativa.

En esta ocasión, por conmemorarse a su vez el quinto aniversario de la inauguración de la Biblioteca Municipal de Playa Blanca, este concurso de relato breve tiene la intención de hacer un guiño a estos lugares mágicos y cargados de significado para todos los amantes de la lectura y la escritura.

1. CATEGORÍAS: 
Infantil: Alumnos de Cuarto, Quinto y Sexto de Primaria. 
Juvenil: Alumnos de ESO y Bachillerato.
Adultos: De 18 años en adelante.

2. PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:
Los relatos podrán presentarse desde la publicación de esta convocatoria hasta que finalice el viernes 14 de abril de 2017, mediante un archivo de texto adjunto a un correo electrónico remitido a la dirección:
concursoderelatosplayablanca@hotmail.com

En el asunto del mensaje figurará V CONCURSO DE RELATOS DE PLAYA BLANCA y la categoría correspondiente: INFANTIL, JUVENIL o ADULTO.
En el texto del relato no se consignará nombre alguno, sino que los datos del autor figurarán sólo en el cuerpo del email de envío. Los miembros del jurado recibirán los textos de parte de la organización sin conocer su remitente.

3. CARACTERÍSTICAS DE LOS TRABAJOS:
Pueden participar en este concurso los residentes en las islas de Lanzarote y Fuerteventura. 
Podrá enviarse un sólo relato por autor, exclusivamente en lengua castellana, que deberá ser original e inédito, no premiado anteriormente en ningún otro concurso, ni sujeto a compromiso alguno de edición.
Independientemente del género al que pertenezca el relato, que queda a la libre elección del autor, será necesario incluir en la narración algún elemento que haga referencia al concepto de “biblioteca”.
Ya sea como contexto o escenario, como referencia puntual, como parte de la caracterización de los personajes, con mayor o menor importancia en el argumento y en la medida que el autor estime, el elemento “biblioteca” ha de estar presente.
Los relatos se deben enviar en letra Times New Roman de 12 puntos y a doble espacio.
La extensión para la categoría infantil será de entre 500 y 1000 palabras (máximo 2 caras), y de entre 1000 y 3000 (hasta seis caras) para las de juvenil y adultos.

4. FALLO DEL JURADO Y PREMIOS:
El jurado estará formado por escritores relevantes en el panorama nacional y por miembros de la comunidad educativa y cultural de Yaiza y Playa Blanca.
El fallo del jurado se dará a conocer con motivo de la celebración del Día del Libro de 2017 y será publicado en diferentes medios escritos y digitales.
Contaremos con interesantes premios para los ganadores de cada categoría.
Infantil: 1 BONO anual en el parque acuático AQUALAVA, más una videocámara de aventura, cortesía de BRICEJ CASH HOSTELERÍA.
Juvenil: 1 CHEQUE regalo por valor de 250 €, cortesía de TIENDAS ELECTRÓN.
Adultos: 1 CHEQUE regalo por valor de 300 €, cortesía del Centro Comercial RUBICÓN SHOP & FUN, más dos noches en régimen de media pensión en el hotel HESPERIA PLAYA DORADA.
Los trabajos presentados quedarán en propiedad de la Asociación Cultural Castillo del Águila para su publicación en formato digital.
Para más información, consultar la publicación Yaiza te informa, y las páginas de la Asociación Cultural Castillo del Águila y del escritor Miguel Aguerralde.

La participación en este concurso supone la aceptación de las presentes bases. El incumplimiento de una o varias de ellas descalificará automáticamente el trabajo presentado.

En Playa Blanca a 21 de enero de 2017

domingo, 8 de mayo de 2016

Ganadora de la Categoría de Adultos. Ya Naydu de Rebeca Rodríguez

En nuestra cuarta convocatoria nos han vuelto a sorprender con la calidad y la cantidad de gente que se ha presentado, tenemos que confesar que hasta la última semana para finalizar el plazo, estábamos aterrados pensando que no iba a participar nadie, pero no nos habéis defraudado, ha sido la mejor convocatoria hasta el momento y estamos trabajando para que la del año que viene sea todavía mejor, con alguna sorpresa. Mientras tanto os dejamos con el relato ganador, esperamos que os guste tanto como al jurado.


Ya Naydu


Yo iba a ser su conejillo de Indias. Esa era la respuesta a algunas de las preguntas con las que salí de la institución.¿Quién era esa mujer?¿Por qué le habían permitido adoptarme, siendo tan mayor y soltera?¿Por qué me había elegido a mi precisamente?
Nada de lo que me ocurriese a partir de aquel momento iba a ser peor que lo vivido en el orfanato. Según pude averiguar, llegué allí con aproximadamente cuatro años. ¿De dónde? Eso aún era un misterio. Me dijeron que al cumplir la mayoría de edad podría solicitar toda la información que tuvieran sobre mi, pero ese sueño de saber mi procedencia, quedaba lejos. Por lo pronto sólo podía aceptar el trato que aquella extraña mujer me propuso el día que llegué a la casa:

- Cada noche, con la cena, tomarás una píldora que yo misma te administraré. Por las mañanas, Irina, mi ayudante, te tomará una muestra de sangre. No harás preguntas sobre esto ni lo comentarás con nadie. En esta casa no comemos a otros animales. Tu dieta, empezando esta noche, será vegana. Cuando salgas con amigos, tampoco tomarás ningún producto cárnico, ni alcohol. Si quieres traer amigos de visita no hay problema, pero siempre, siempre, debes avisar antes. No me llamarás mamá ni madre.¿Queda claro?

No quedaba muy claro, pero le dije que sí a todo. Si aquella pastilla me mataba, mejor. Siempre deseé morir, sobre todo en las crisis, que cada vez eran más frecuentes.

Pero ahí no quedó el trato, la mujer, con su perfecta dicción, que no conseguía disfrazar su acento soviético, me explicó también la parte buena de aquella surrealista adopción.

- Tienes tu propia zona para vivir. Nadie entrará en ella sin tu permiso. Al igual que tú no entrarás en mi zona sin el mío. Tienes dormitorio, cuarto de baño, vestidor, terraza y salón. Encontrarás un teléfono, conexión a internet, un ordenador portátil, televisión y un iphone. En el vestidor tienes ropa y calzado suficiente para la temporada. El lunes empezarás a asistir a la Scuola más cercana. Tendrás profesores de refuerzo en Química, Física y Matemáticas. Comprende que vas a heredar mis empresas y tienes que estar preparada. Más adelante te formarás como empresaria. ¿Alguna duda?
Le dije que no, pero tenía una petición que hacerle. Al cumplir la mayoría de edad, ella me ayudaría a encontrar a mis padres, a conocer mi origen. Contestó que ya lo esperaba y me dio su palabra de que así iba a ser.

Era un sueño hecho realidad. Pasé la tarde familiarizándome con el iphone. Tristemente, no tenía a quien llamar o enviar un whatsapp. Sólo había un contacto en la lista: AA.Irina. Mi "madre" adoptiva no había tenido el detalle de poner su número de teléfono. Tuve claro que amor no iba a recibir allí, pero en cierto modo, me sentí liberada. Ya era mayorcita para que nadie me sentara en su regazo o peinara mi cabello. Si no me daban cariño, yo tampoco tendría que darlo. Mejor así. La cena me resultó tremendamente repugnante. Nunca pensé extrañar la rancia sopa que nos preparaban en el orfanato. La gelatina que había de postre, alivió un poco mi sufrimiento. Cené sola, con la extraña sensación de sentirme observada. Así debía ser, porque justo con la última cucharada de gelatina, Olga, mi adoptante, entró en el comedor con un frasco que apenas contendría cinco pastillas. Depositó una sobre la mesa y rellenó mi vaso de agua. No hice preguntas. Me dio las buenas noches y se retiró tras pedirme que dejara todo recogido.

No recuerdo como llegué a la cama, ni cuando. Sólo se que aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, no tuve ese sueño que se repetía siempre. Ese hombre, cuyo rostro veía a través de una ventanita, que gritaba sin que yo pudiera oírle, no acudió a mis sueños esa noche. ¿Sería efecto de la pastilla? Había tomado medicamentos de muchas clases y nunca dejaba de soñar con él.
Cuando Irina me extrajo la sangre, apenas noté el pinchazo. Tablet en mano, me hizo algunas preguntas sobre mi estado de salud y mi descanso. Con un lápiz táctil iba marcando algo que no alcancé a ver. Luego me trajo un desayuno a base de frutas, pan y mermeladas.

Esta rutina se repitió todo el mes. La segunda semana, empecé a encontrarme francamente bien. No me cansaba tanto, dormía bien, sin pesadillas y mi piel empezaba a perder el aspecto mortecino. Los primeros días en la nueva scuola fueron algo deprimentes. Nadie me hablaba y los recreos los pasaba sola, en un lado del patio, dibujando. Hasta que, cosas del destino, una chica se acercó y dijo conocerme. Era Elena. Habíamos compartido dormitorio por unos meses a los diez años. Al parecersu vida también había cambiado. Nos convertimos en inseparables.

Un viernes, al salir de clase, la invité a casa. Quería que viera con sus propios ojos la suerte que yo había tenido. Telefoneé a Irina para avisar. Nos recibió Olga, quien no tardó en dejarnos solas, excusándose con el mucho trabajo que tenía pendiente.

Elena, me dijo que le asombraba el increíble parecido físico que Olga y yo teníamos, cosa en la cual nunca reparé hasta aquel momento. Me preguntó qué había en su zona privada. No comprendió que yo llevase viviendo un mes allí y jamás hubiera cotilleado un poco. Insistió en que echásemos un vistazo. Irina había salido con Olga.

Sin saber como, me vi abriendo la puerta que tenía vedada. La primera estancia que encontramos, era un salón muy similar al mio. Después un dormitorio, un vestidor y un baño. Nada extraño. Pero la curiosidad y la fantasía de Elena, la mantenían repitiendo que tenía que haber algo más. Yo le rogaba que saliéramos de allí ya, que nos iban a pillar. Ella no se daba por vencido. Observaba las paredes, entraba y salía del baño al vestidor.

-Fíjate. Esta pared, es demasiado ancha. Hay un muro enorme que divide el baño y el vestidor. Un muro o quizá...-No terminó la frase. El espejo que cubría la pared divisoria, resultó ser una puerta. Elena había conseguido abrirla y se encontraba ante unas escaleras que descendían.-¡Te lo dije! Venga, ¡vamos!- Me negué en rotundo. Ya había traicionado demasiado la confianza de Olga. Elena me cogió de la mano y tiró de mi, pero me resistí. De pronto me soltó y perdí el equilibrio. Tropecé con una mesita, tirando por el suelo los objetos que había sobre ella, entre ellos, una caja cuyo contenido se extendió por el suelo. Elena se acercó para ayudarme. Recogió una vieja fotografía y una cadena con una medalla.

-Mira esto. Una foto de dos niñas gemelas y una cadena con un santo, como la que llevan en la foto ambas niñas.- Le supliqué que saliéramos de allí de una vez. Elena pareció entrar en razón. Recogimos todo lo mejor que pudimos y corrimos a encerrarnos en mi cuarto. Nos calmamos y mi amiga no tardó mucho en sacar sus conclusiones.

-Está claro. Eres su hija. Ese parecido físico, esa foto... Seguro que te robaron al nacer. Te estápreparando para contarte la verdad.

Ahora era yo la que elucubraba.

-Pero esa fotografía, parece demasiado antigua. Si fuera yo una de las niñas, la foto debería ser ya en color. ¿Y las escaleras? ¿A dónde conducen?

A Elena le fascinó lo vivido aquella tarde y se auto-invitó para la siguiente semana. Yo tomé una decisión. Esa misma noche, me negaría a seguir con la pastilla si no recibía una explicación de lo que estaba sucediendo. Cené y esperé que apareciera Olga, como cada noche. Cuando depositó la pastilla sobre la mesa y me ofreció el vaso de agua, le dije "¡No!". Se extrañó y me preguntó que quería decir con "no".

-Que me niego a seguir siendo tu conejillo de Indias si no me explicas de que va todo esto-Apartó una silla y se sentó. Parecía confusa. Yo insistí.-Quiero saber la verdad.

-¿La verdad? Mi querida niña, no estás preparada aún para saberla.

Me desconcertó su respuesta. Olga admitía que había algo que tenía que contarme.

-Quiero saberlo. Quiero saber qué es esta pastilla, quiero saber quién eres tú y sobre todo,quiero saber quien soy yo.

- Quizá te he juzgado mal y no seas tan niña. Has madurado deprisa. Contestaré a tus preguntas mañana, pero por favor, toma la pastilla. ¿No has notado lo bien que te has puesto desde que la tomas?

- No tiene que ser por la pastilla. La dieta vegana ha depurado mi sangre, las horas de sol me han ayudado.

- No malen ́kaya, si no tomas la pastilla, morirás en pocos años.

Era la primera vez que la oía decir algo en ruso. La contundencia y la tristeza con que dijo esa última frase, me hicieron callar y tomar, como cada noche aquella misteriosa píldora.

Me levanté temprano. Esperaba respuestas a mis dudas. Todo transcurrió como cada mañana, el pinchazo, las notas, el desayuno... Al acabar, Irina me indicó que Olga me esperaba en su zona. Llamé a la puerta del salón privado y no hubo respuesta. Entré. Nadie. Seguí avanzando hasta eldormitorio y encontré abierta la puerta-espejo. La voz de Olga me llamó desde abajo. La escalera no parecía ahora tan tenebrosa. Fui descendiendo poco a poco. Ruidos y olores subían escapando escaleras arriba. Había un pequeño laboratorio, con neveras, ordenadores y estanterías repletas de botes. Encontré a Olga, con una bata blanca, gafas protectoras y unos guantes. Me pidió que esperase un instante. Retrocedí, sentándome en la escalera. No tardó en sentarse a mi lado.

-Aquí es donde hago las pastillas que te doy cada noche. La fórmula es secreta. Me ha costado mucho tiempo dar con ella. Si pidiera a mi laboratorio elaborarla, tendría que dar explicaciones y no puedo. La pastilla sirve para ralentizar tu deterioro. Ningún médico dio con la causa de tus crisis, de tus pesadillas, por que es imposible que conozcan el origen. Ahora escucha con atención e intenta asumir lo que te voy a contar, ya que es la verdad, pero jamás lo cuentes a nadie o acabarás encerrada en un psiquiátrico hasta el día en que mueras.

Nací hace 60 años en una ciudad de la antigua Unión Soviética. Mi padre era un científico que siempre buscaba conocer más. Mi madre, teniendo incluso mayores capacidades que él, vivía a su sombra. Juntos trabajaron secretamente en casa, en un proyecto que cambiaría todo lo conocido, la Historia, el futuro, todo. Construyeron un artilugio y experimentaron con pequeños animales hasta conseguir el éxito. Uno de los ratones volvió, aparentemente sano y salvo.

-¿De dónde volvió?- quise saber

- No se trata desde "donde". Se trata desde "cuando". Mis padres consiguieron un salto en el tiempo. Ya se que no es fácil creerlo, pero así es y tú eres la prueba viva. No tienes recuerdos de tu infancia y durante años has tenido algo que creías era un sueño, pero tan sólo era un recuerdo de tu viaje. El ratón que volvió, empezó a envejecer más deprisa de lo normal. Murió en pocos meses. Por eso había que encontrar una solución, evitar tu muerte. Pero primero había que encontrarte.

-No entiendo nada. ¿De dónde dices que vengo?¿quién soy?

- Te llamabas Uliana Sóbolev. Eres mi hermana gemela. Tenías cuatro años cuando desapareciste. Fue un accidente. Nos colamos en el laboratorio de nuestros padres. Te escondiste en el habitáculo del artilugio al oír llegar a papá. Él estaba haciendo unas comprobaciones y activó la maquinariadesconociendo que tú estabas dentro. Hubo una pequeña explosión. Sólo tu medalla y tu ropa quedaron allí. No hubo forma de hacerte volver. Nunca supimos a donde fuiste, sólo a que año. Nuestros padres comprendieron que no vivirían para volver a verte y me prepararon para encontrarte y cuidar de ti. Estudié idiomas para poder buscarte por todo el planeta, también Química para trabajar en la elaboración del antídoto que permitiera detener tu deterioro hasta el ritmo normal de envejecimiento. He pasado la vida preparándome para encontrarte y ayudarte. Ahora ya lo sabes todo. Te enseñaré a elaborar las pastillas para que cuando yo ya no esté consigas sobrevivir. 

-Permanecí callada. Toda aquella información era imposible de asimilar. Por mi cabeza pasaron mil cosas en un segundo. Olga me mentía, así podría seguir experimentando conmigo y nunca tendríamos que buscar a mis padres. Eso era lo más lógico. Pareció leer mis pensamientos. Se levantó y fue hacia un archivador, de donde extrajo una carpeta que me entregó. Un test de ADN de ambas, concluía que compartíamos el mismo. Unas fotos de Olga a mi edad no dejaban duda de la similitud de nuestros rostros. Y al final, una antigua foto, en blanco y negro, de una familia. Los padres y dos niñas iguales. Habíamos salido idénticas a nuestra madre, pensé. Luego observé al hombre de la foto. Era él. La causa de mis miedos nocturnos. El rostro de mis pesadillas. El hombre que me gritaba sin que yo pudiera oírle. De pronto miles de recuerdos estallaron en mi mente y por fin pude oír lo que gritaba papa en mis sueños:

- ¡Uliana!¡YA naydu!- exclamé. Olga tomó mi mano y me explicó que eso significaba "te encontraré". Rompí a llorar. Entendí que no podría tenerlo todo. Siempre quise saber quien era yo y conocer a mis padres. Pero la primera cosa era increíble y la segunda imposible. Yo era una niña rusa, nacida sesenta años atrás, que ahora era italiana y tenía quince años. Mi madre adoptiva era mi hermana gemela. Como viajé en el tiempo, mi cuerpo sufrió unas secuelas y debería tomar un medicamento el resto de mi vida para no envejecer prematuramente. Mi hermana Olga sólo había vivido para encontrarme, sin tener una vida normal y feliz. Pero lo que más me dolió fue perder toda esperanza de encontrar a mis padres. Espero que lo comprendan y que no les haya resultado muy larga esta humilde... nota de suicidio. 

Rebeca Rodríguez

Ganadores del IV Concurso de Relatos de Playa Blanca


El pasado 23 de Abril se dieron los premios a los ganadores de esta cuarta edición.

Aquí os dejamos sus nombres.







Categoría Adulto

Ganadora
Rebeca Rodríguez con el relato Ya Naydu

Finalistas
Pedro Alisedo Goycoa con el relato Lo TF´s
Cristina Martínez Carou con el relato La Princesa de Papel

Categoría Juvenil

Ganador
Iván Martín con el relato La Era de los Desconciertos

Finalistas
Gara Rodríguez Díaz con el relato El caso del señor Smitch
Aimee Lewis con el relato Querida X

Categoría Infantil

Ganador
Maximiliano Valero López con el relato El descubrimiento de Pablo

Finalistas
Noah Cañada Reta con el Relato El medallón mágico
Nayra Alonso Gomariz con el relato Guerra
Cristina Alisedo Ríos con el relato El monstruito













Queremos felicitar tanto a los ganadores como a los finalistas y participantes a esta nueva edición.

Gracias a los jurados y patrocinadores, sin ellos esto no hubiese sido posible un año más.

Nos vemos en la V edición, no dejen de soñar y escribir.

viernes, 22 de abril de 2016

Finalistas IV Concurso de Relatos Cortos de Playa Blanca


Una vez concluido el recuento de los votos emitidos por el jurado de nuestro IV Concurso de Relatos para las tres categorías, nos complace anunciar que los finalistas del certamen son:

CATEGORÍA ADULTO
            Pedro Alisedo Goycoa

            Rebeca Rodríguez
            Cristina Martínez Carou

CATEGORÍA JUVENIL
            Gara Rodríguez Díaz
            Aimee Lewis
            Iván Martín

CATEGORÍA INFANTIL
            Nayra Alonso Gomariz
            Cristina Alisedo Ríos
            Maximiliano Valero López
            Noah Cañada Reta

Como organizadores del IV Concurso de Relatos de Playa Blanca tenemos el placer de conminar a todos los finalistas a que nos acompañen en la entrega de premios que tendrá lugar este sábado, 23 de abril, a las 18'45 horas, durante la celebración de la V Feria del Libro de Playa Blanca, y en la que conoceremos a los definitivos ganadores.

Queremos agradecer al Jurado el tiempo y dedicación que se han tomado para que este Concurso nuevamente haya sido un exito. Éste ha sido formado por:

Escritores
Bianca Aparaicio, "Las Sombras de África"
Ismael Lozano, "La Sirena de Famara"
Rayco Cruz, "La Tierra Negra"
Pepa Gonzalez, "Sandalias de Plata"
Jaime Quesada, "Tajorase"
J. R. Navas, "Las Concubinas del Mal"

Selena Chacón, Biblioteca de Corralejo
Ana María Gomaríz, Asociación Castillo del Águila
Keren Ruiz, Asociación Castillo del Águila

Y como presidente del Jurado, nuestro compaeñero y escritor
Miguel Aguerralde, "La chica que oía canciones de Kurt Cobain"

Atentamente,

Asociación Cultural Castillo del Águila

miércoles, 10 de febrero de 2016

IV Concurso de Relatos de Playa Blanca

La Asociación Cultural Castillo del Águila, en colaboración con el Exmo. Ayuntamiento de Yaiza, convoca el IV Concurso de Relatos de Playa Blanca coincidiendo con el cuarto aniversario de la creación de la Biblioteca de Playa Blanca y la celebración del Día del Libro, el próximo 23 de abril, y con la finalidad de promocionar la literatura creativa en el municipio.




1. CATEGORÍAS: 

Infantil: Alumnos y alumnas de Segundo y Tercer Ciclo de Primaria. 
Juvenil: Alumnos y alumnas de ESO. 
Adultos: De 16 años en adelante.

2. PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:

La presentación de los relatos se realizará antes del domingo 10 de abril de 2016 mediante un archivo de texto adjunto a un correo electrónico remitido a la dirección: 

concursoderelatosplayablanca@hotmail.com

En el asunto del mensaje figurará IV CONCURSO DE RELATOS DE PLAYA BLANCA y la categoría INFANTIL, JUVENIL o ADULTO.
En el texto del relato no se consignará nombre alguno, los datos del autor figurarán sólo en el cuerpo del email de envío. El jurado recibirá los textos de parte de la organización sin conocer su remitente.

3. CARACTERÍSTICAS DE LOS TRABAJOS:

Para participar en este concurso será necesario residir en las islas de Lanzarote o
Fuerteventura. Podrá enviarse un sólo relato por autor.
Como novedad, los relatos habrán de estar vinculados a los géneros de fantasía o ciencia ficción, si bien la temática interna será de libre elección del autor.
Las obras se entregarán en lengua castellana, y deberán ser originales e inéditas, no premiadas anteriormente en ningún otro concurso, ni sujetas a compromiso alguno de edición.
Estarán escritas en letra Times New Roman de 12 puntos y a doble espacio.

Extensión de los textos:

▪ Categoría Infantil: entre 500 y 1000 palabras (entre 1 cara y media a 3 caras)
▪ Categorías Juvenil y Adultos: entre 1000 y 3000 palabras (de tres a seis caras)

4. FALLO DEL JURADO Y PREMIOS:

El jurado estará formado por escritores relevantes en el panorama nacional y por miembros de la comunidad educativa y cultural de Yaiza y Playa Blanca.
El fallo del jurado se dará a conocer durante la Feria del Libro de Playa Blanca, organizada por el Ayuntamiento de Yaiza. A continuación se publicará en la web municipal, en la página del escritor Miguel Aguerralde y de la Biblioteca de Playa Blanca y en los perfiles de Facebook de la Asociación Castillo del Águila y de la revistaYaiza te Informa.

Contaremos con interesantes premios para los ganadores de cada categoría. La entrega de premios tendrá lugar durante la Feria del Libro de Playa Blanca.
Los trabajos presentados quedarán en propiedad de la Asociación Cultural Castillo del Águila para su publicación tanto en papel como en formato digital.
La participación en este concurso supone la aceptación de las presentes bases. El incumplimiento de una o varias de ellas descalificará automáticamente el trabajo presentado.

En Playa Blanca a 9 de febrero de 2016


Toda la información en: