viernes, 26 de abril de 2013

I Concurso de Relatos Cortos de Yaiza, "La Visita", Segundo Premio de Adultos

Hoy le toca el turno al 2º Premio de la Categoría de Adultos, que recayó en Sergio Valdés con su relato "La Visita". esperamos que disfrutéis de su lectura.



La Visita 

          David acababa de poner el plato en la mesa cuando recibió un whatsapp. No quiso cogerlo porque empezaba a arrepentirse de instalar el dichoso “programita de mensajes”. Al final, el pescado y la conversación con su mujer ocuparon toda su atención.

-          Hoy es domingo, noche de miedo- le dijo David a Elena, su mujer.
-          ¡Ah, es verdad!. ¿Ya quedaste con Lolo para ver “cuarto milenio”?.
-          No. Pero ya le mando luego un “guasá” de esos.


Terminaron de comer y, mientras Elena fregaba los platos, David recogía la mesa, cuando vio la señal intermitente en el móvil. Después de unos segundos mirándolo siguió recogiendo. No quería verse dominado por un aparato, así que hizo el esfuerzo, soportando el recuerdo del mensaje como un taladro en su cabeza.

Cuando ya estuvo todo recogido y no tuvo excusa, cogió el teléfono y tranquilamente, con el aparato en la mano, se sentó en el sofá junto a su mujer y encendió un cigarro para ella y otro para él.

El mensaje era un logo de una cara alargada cubierta por las manos que mostraba sorpresa, como la de El grito de Edvard Munch. Era enviado por un número desconocido para él.

-            ¿Tú sabes de quién es este número?- le preguntó David a su mujer?-.
-            No, pero espera que lo compruebo.- Marcó el número en su teléfono pero no le apareció ninguna identidad.

Miró la información de contacto del whatsapp y encontró la foto de un bulldog francés durmiendo, sin mensaje de estado, sin nombre.

-            ¿Quién tiene un bulldog francés?- se preguntó David más para sí mismo que a su mujer. Al no obtener respuesta, se encogió de hombros.- Bueno, pues ya insistirá.

   Eran las diez de la noche cuando David se disponía a salir hacia la casa de Lolo. Recogió unos panchitos y una petaca de whisky y se despidió de su mujer.

-Bueno me voy ya- le dice a Elena-. Antes de irte a dormir dame un toque.

 El camino se le hizo misterioso. Su coche era el único que circulaba por la tranquila carretera de San Bartolomé a Playa Honda. Una gran ventaja que tiene vivir en la isla de Lanzarote es la ausencia de atascos y, a ciertas horas y en ciertas carreteras, puedes estar “casi” sólo. Tras la oscuridad podía ver las siluetas oscuras de los volcanes. Se le ocurrió poner la banda sonora de Silent Hill, su videojuego favorito desde hace ya más de una década, para dar más misterio. Vio a lo lejos la pista de aterrizaje del aeropuerto y cómo un avión se disponía a aterrizar, así que salió de la carretera y paró el motor para disfrutar del espectáculo, dejando la música encendida. La fuerte luz amarilla fue acercándose cada vez más hasta que pudo distinguir las parpadeantes luces roja y verde. Parecía una pista de bolos con la bola acercándose a él. Todo giraba en torno a Lolo y a lo que le hizo; a su prometedora carrera como jugador que desarrolló de un modo innato. Era una joven promesa que pudo vivir de este deporte, que era lo que le apasionaba. Su swing era conocido en todas las islas como “la zarpa del Tigre”. Así era como le llamaban: “el Tigre”. David, en cambio, siempre fue muy patoso y el Tigre le cedió poderes de representante para compartir su éxito, aunque, de todas formas, todo lo gestionaba él mismo. En la noche más importante de su vida consiguió reunir a los mejores representantes del país, su futuro dependía de esa noche. Todos pueden tener una mala partida, pero el Tigre nunca fallaba; así que no importaba que David, que como mucho batía algún bolo, jugase en su equipo. Cansado de tan poco acierto, a David se le ocurrió cambiar de bola. El Tigre se acercó para ayudarle, ofreciéndole una bola del 12, pero David quería una del 15, como las que usaba el Tigre. Encontró la bola que buscaba y, en uno de sus actos impulsivos, la agarró sobreexcitado con fuerza hacia sí mismo empujando la mano del Tigre hacia el interior del surtidor, destrozando su carrera y su vida. Sabía que, aunque mantuviesen una amistad fuerte, Lolo tenía una herida sin cicatrizar y, en lo más profundo de su corazón, le guardaba rencor. Podía sentirlo. Pero David no podía pasarse la vida lamentándose por haber cometido un descuido que le costó la carrera a Lolo.

Tal vez fuera peligroso estar apartado de la carretera en esas circunstancias, así que puso el seguro del coche. El avión  estaba a punto de tomar tierra. Miró a su alrededor por si veía alguna sombra acercarse… y de repente el móvil sonó. Era un mensaje de Lolo: “¿Vienes o no?. Están hablando de casas encantadas”. El mensaje le hizo cambiar el ánimo a David. Lolo es el mejor amigo que se puede tener. Por eso siempre le lleva whisky para no verle triste. Se encendió un cigarrillo, terminó de ver aterrizar el avión; aunque no lo vio tan nítido como esperaba, solo unas luces bajando entre otras luces; arrancó el motor y se dirigió a casa de su amigo.

 David se acercó a la puerta con las manos ocupadas por el whisky y los panchitos y, como la casa de Lolo no tiene timbre, tocó dando unas patadas sonoras mientras gemía como un fantasma.

-Pero, ¿qué coño haces?- le recrimina Lolo abriéndole la puerta.- ¿Qué quieres?, ¿llamar la atención del vecino sarasa?.

-Te he traído whisky- David le ofrece la petaca mientras va entrando en la casa y deja lo que ha traído encima de la mesa que hay junto al sofá, enfrente de la tele, y se vacía los bolsillos.

-Esto no me soluciona nada pero me lo arregla todo- dice Lolo antes de dar el primer trago.

-¿De qué están hablando hoy?- pregunta David mientras se sienta en el sofá junto a Lolo.

-Se han encerrado en un antigüo hospital para oír cosas.

-Si hubiese una casa llena de fantasmas yo la compraba.

En la tele se veía a una persona sentada en la oscuridad llamando a los espíritus, lo que hizo que ambos amigos rieran. Se oyó un fuerte golpe y el locutor se envalentonó emocionado y nervioso, lo que provocó más risa aún.

-Pues hace poco hablaron de Montaña Roja- dijo David-. Por lo visto hay un rey enterrado allí y cuando bajaron dentro notaron una presencia que les hizo salir pitando.

-Pues nada, habrá que ir allí.

-¡Ah!. Me mandaron un whatsapp y no sé quién es. Márcalo tú a ver si tienes el número- Lolo cogió el móvil y se dispuso a marcar-. Seis…, cero..., siete…

-¿Te lo sabes de memoria?- dijo Lolo mientras marcaba los números sin dejar de mirar el teclado-.

-Sí, de tanto buscarlo. Otra vez cero, siete…, uno, cero, cinco,…

David terminó de darle el número sin quitar la vista del televisor hasta que Lolo le hizo desviar su atención.

-“Te visitará la muerte…”

-¿Qué?- David miró asombrado a Lolo inmóvil.

-¡Hostia David!, ¿éste quién es?. ¿El matatías, el cacerolo…?. ¿Quién puede poner un estado así?.

David se arrimó al teléfono de Lolo, más avanzado que el suyo, y lee el mensaje de estado: “Te visitará la muerte…!.

Lolo amplió la imagen buscando alguna pista. Por momentos creyeron encontrar alguna silueta alrededor, trataron de identificar el mobiliario… pero casi toda la imagen la ocupaba la cabeza del perro durmiendo.

-¡Vete preparando!- le dijo Lolo en broma pero con cara seria-. Pregúntale quién es.

-No puedo. Lleva desconectado todo el día.

-A ver, piensa quién puede poner un mensaje así.

Ambos miraban la foto mientras repetían pensativos “te visitará la muerte… te visitará la muerte…”. De repente sonó el teléfono de David, quién miró a Lolo perplejo por unos segundos. Resultaba terrorífico cómo el sonido del móvil, un tono que imitaba el timbre de los teléfonos antigüos, rompía el silencio con cada “ring”.

-Uff, qué susto- dijo David mientras se levantaba para recoger su móvil de la mesa-. Es Elena. Le dije que me diese un toque antes de irse a dormir. Hola mi niña.
-Mi niño, ya estoy en la cama. ¿Qué tal lo estáis pasando?

-Bien, bien… Estamos aquí viendo “Cuarto milenio”. Y tú, ¿qué tal?, ¿qué has hecho?.

-Pues nada, …ahí viendo la tele. Estoy muerta de sueño. Voy a caer tan rendida que no voy a volver a levantarme. Bueno, pues que lo paséis bien. Ya nos vemos mañana. Y no te vuelvas muy tarde que mañana tienes que trabajar.

-Ya lo sé. En cuanto termine esto vuelvo a casa.

-Pero ten mucho cuidado en el camino de vuelta- David se asusta un poco.

-Mi niña, no me digas eso… Que sí, que yo tengo cuidado. Como si nunca hubiese cogido el coche…

-Sí, ya, pero esa carretera está muy oscura. Tú ten cuidado por el camino, ¿eh?.

-Que sí, que sí, mi niña. Mira que decirme eso… Mañana te cuento, anda.

-Bueno, te corto que me caigo muerta de sueño. Que lo paséis bien, cariño. Te quiero.

-Te quiero mi niña. Un beso.

David volvió a su sitio con el móvil en la mano. Pensó en la casualidad de que su mujer estuviese preocupada precisamente esa noche, en la repetición de la palabra muerte… Dispuesto a averigüar quién se escondía detrás de ese mensaje, agregó ese número como contacto.

-¿Qué le digo?- le preguntó a Lolo.

-Pregúntale quién es.

-No, se supone que él sabe quién soy yo y si le pregunto eso puede responderme cualquier cosa.

-Pues mándale lo mismo que él te mandó a ti.

-Buena idea- buscó el mismo logo y se lo mandó-. ¡Ah!. No me acordaba que estaba desconectado.

-¡No!. ¡Se acaba de conectar!... Espera… Se ha vuelto a desconectar. Este se ha conectado solo para leer tu mensaje.

-Pero, ¿cómo puede ser?.

Ambos quedaron unos segundos en silencio pero con un nerviosismo que les avivaba por dentro. No estaban preocupados pero sí intrigados. Aún así decidieron esperar que respondiera a insistir, aunque, pasados varios minutos a David le pudo más la curiosidad.

- Voy a mandárselo otra vez… Ya está.

-¡Otra vez está conectado!- En ese momento sonó el móvil de David-. ¡Hostia!. ¡Se ha vuelto a desconectar!. ¡Ese se conecta solo para hablar contigo!.

David abrió el mensaje y se encuentró con el mismo logo otra vez.

-Pero, ¿cómo puede ser?- preguntó David desconcertado.

-Tendrá alguna opción de permanecer en estado de no conectado.

-Sí pero, entonces, ¿por qué aparece como conectado para responder?

-Yo qué sé. Aquí hay para una novela de Stephen King.

-Voy a ponerle “¡qué pasa tío!”.

Pasaron varios minutos más pendiente del teléfono pero no hubo respuesta. David volvió a mandar otro mensaje que decía “¿sabes lo que ha pasado en tu pueblo?” esperando una reacción de curiosidad y una respuesta decente para recoger algún dato sobre su interlocutor, pero nada, no contestó.

Pasaron los minutos y la conversación perdió interés, así que David decidió ir directamente al grano: “¿quién eres?”, le preguntó. Hecho esto, Lolo, que estaba pendiente del móvil, se alarmó.

-¡Se ha conectado!- el móvil de David volvió a sonar-. Ya está. Se ha vuelto a desconectar.

-Bueno, vamos a ver quién es.

David abrió el mensaje y quedó aún más desconcertado. Ya no sentía misterio, sino enfado, porque el asunto había perdido la gracia. El mensaje repetía “te visitará la muerte…” pero esta vez con tres signos de exclamación hacia abajo seguido por un logo con una cara muerta.

-Bueno, pues se acabó. Ya no le hago caso. A ver si se cansa y me dice quién es.

Este asunto les absorbió tanto que el programa llegó a su final casi sin darse cuenta. David, nervioso porque era tarde y tenía que madrugar y por la noche que llevaba, recogió sus cosas y se dispuso a salir.

  Ya en la puerta se despidió.

-Bueno… pues nada. Ahora a enfrentarme a lo desconocido- dijo David en plan cómico-.

Bajó las escaleras de la casa y se subió al coche. Mientras se abrochaba el cinturón vio por el espejo retrovisor la puerta cerrada. Lolo no se quedó esperando a que David se fuese, como siempre hacía, pero no le dio importancia.

Arrancó el motor y volvió a sonar la música. Saliendo de Playa Honda, vio un coche de la guardia civil parado en mitad de la rotonda. Debía ser un control de alcoholemia.

Al pasar por una zona industrial fue a encenderse un cigarro pero no encontró el mechero. “El camino promete… así que mejor que fume…”, se dijo a sí mismo. Encontró el mechero debajo del móvil, detrás de la palanca de cambios. Lo cogió y miró al frente y vio en el retrovisor las luces de la guardia civil que le seguía. Recordó oír algo de que estaba prohibido conducir fumando, así que decidió no arriesgarse; dejó el mechero y el cigarro a un lado y condujo prudentemente. “Así que esto era el peligro que me esperaba… ¡Noche maldita!”, pensó David. El coche le seguía muy cerca, las luces ocupaban casi todo el retrovisor. “¿Querrán algo de mí?... ¡Mierda!, ¡la música!”. Tenía el volumen tan alto que si la guardia civil le hubiese dicho algo por el altavoz no lo habría escuchado. Así que dejó el sonido casi inaudible manteniéndose cauto y a la espera.

Pasó a setenta kilómetros por hora en una carretera con límite de ochenta, deseando acelerar, pero la guardia civil siguió pegado a su coche, ni siquiera le adelantó. “Pero, ¿qué querrán?”, pensó David.

La rotonda a Güime estaba completamente vacía y aún así David casi paró totalmente el coche antes de entrar. Pasó la rotonda sin quitar la vista del retrovisor y se alegró al ver a su perseguidor tomar otro desvío, pero no respiró tranquilo, ni se encendió el cigarrillo. Pensaba que podrían estar tomando un atajo para cortarle el paso, en el caso de que le hubiesen hablado sin él escucharlo. Volvió a subir el volumen mirando a diestro y siniestro donde solo encontró oscuridad.

Ya casi estaba en San Bartolomé, vio las casas y las luces de la calle y… subiendo por el camino directo a Güime al coche de la guardia civil viniendo hacia él. David se disgustó por no haber fumado el cigarro pero trató de tranquilizarse. “No estoy haciendo nada malo. No pueden hacerme nada”, pensó. Se adentró en el pueblo esperando cualquier cosa. “No me quedo tranquilo hasta que aparque”, pensó. Giró un par de calles más y llegó a la suya. Aparcó el coche y se bajó de él. Miró delante y detrás pero no encontró nada raro. Todo estaba en silencio. Ahora sí respiró aliviado. “Con esto de la guardia civil se me olvidó lo del mensaje”, pensó. “Me meto dentro ya, no sea que pasen por aquí y me vean”.

Abrió la puerta sin encender ninguna luz. Entró en la habitación, se quitó la ropa en la oscuridad y se acostó en la cama sin arrimarse a su mujer para no despertarla con su cuerpo frío de la noche. Repentinamente, notó suavemente que le cubría de calor el cuerpo de Elena quien, estando dormida, le sintió y se abrazó a él y, aunque empezó a tiritar por la diferencia de temperatura, no le soltó. Él le devolvió el abrazo, olvidándose de todo lo ocurrido en la noche, quedándose dormido casi al instante.


-David, levántate- como todos los días le despertaba su mujer porque él estaba muy dormido para escuchar el despertador-. Es la guardia civil.

Dio un respingo en la cama. Tras asimilarlo, se levantó y se puso el pijama dispuesto a aclarar todo esto.

Al salir de la habitación vio a la pareja esperando en la puerta. Hechas las identificaciones le preguntaron por el modelo de coche.

-Un momento- interrumpió David-. Yo no hice nada. Si me hablaron por el altavoz no les escuché por la música. Ustedes pudieron hacerme alguna señal luminosa- Cuando la pareja de guardias civiles se miraron intrigados mutuamente se dio cuenta que ese no era el asunto por el que habían venido-. ¿Qué es lo que pasa?.

-¿Estuvo anoche en la casa de Manuel Montiel Lunas?.

-Sí. ¿Qué pasa?. Somos amigos íntimos.

-Sus vecinos le vieron anoche aporreando la puerta y después notaron un hedor fuerte que salía de la casa de su amigo. Hace unas horas se pasaron por allí para ver qué era ese olor. Dicen que encontraron la puerta abierta sin haber sido forzada. ¿Usted tiene una copia de la llave?.

-Sí- dudó al contestar-.

-Sus vecinos encontraron muerto a Manuel, sentado en el sofá. Parece ser que lleva muerto una semana. Vístase, tiene que venir con nosotros hasta que aclaremos este asunto.

David trató de hacerles entender que era una equivocación, que su amigo estaba vivo y que estuvo con él anoche, pero no tuvo tanto valor como para oponer resistencia. Se despidió de su mujer, a quien no le dejaron acompañarle. No entendía nada de lo que pasaba, era el nombre y apellidos de Lolo, él golpeó la puerta…, pero estaba vivo con él anoche. La confusión casi le paralizó, hasta que, una vez en el coche, le mostraron una foto. “¿Es este Manuel Montiel Luna?”, le preguntaron. Entonces lo vio, sentado en el mismo sofá de anoche, demasiado real para ser un montaje. Lolo estaba muerto. En mitad de la confusión se acordó del whatsapp y, agitado, sacó el móvil.

-¡Un momento!. Tal vez esto les pueda aclarar algo.

Nervioso, encontró el mensaje dando un respingo que le hizo caer el móvil. Se quedó mirándolo perplejo, ahí en el suelo. La cara del bulldog durmiendo como la de Lolo, en descomposición, blanco y con ojeras. Entonces rió y lloró al mismo tiempo al comprender que “no entendía nada”. Era una broma o una venganza del más allá o de dondequiera que fuese pero supo quién le envió el mensaje al ver el número al revés. …0707105… (“SOILOLO”).

Sergio Valdés, ganador del 2º Premio
de la categoría de adultos.

jueves, 25 de abril de 2013

I Concurso de Relatos Cortos de Yaiza, "La batalla final", Primer Premio de Infantil


Continuando con la publicación de los relatos ganadores, hoy toca el ganador de la categoría Infantil, que ha recaído en el relato "La batalla final" del estudiante de del CEIP de Playa Blanca, Bogdan Spasojevic. Este joven escritor nos lleva a los tiempos de piratería en la isla, ya que en la categoría de Infantil tenían que ser relatos ambientados en el municipio de Yaiza. Esperamos que disfrutéis del relato de Bogdan como lo hemos hecho nosotros.




La batalla final
Corría el año 1618, un 6 de abril, cuando atacamos Lanzarote. Era por la mañana, todo estaba tranquilo en la cubierta, había una niebla espesa, no veíamos a los otros barcos. El capitán Luke Harper había recibido el mensaje del vigía: nos acercábamos a la isla.
-¡Qué ves en la isla!-Grito el capitán.
- Veo una torre, un puesto con cañones, el puerto están vigilado por españoles, cientos de guardias en cada extremo y cada punta...-
El capitán sabía de un polizón en el barco pero ahora no tenía tiempo de comprobarlo, el ataque a Playa Blanca era lo primero.
En pocos minutos los corsarios llegaron al puerto, otros alcanzaron en barca la playa. Comenzaron las explosiones de cañones, el capitán que defendía Playa Blanca estaba concentrando todas sus fuerzas en defender cada punto del puerto. Su compañero de armas Luis Fernández de Compostela, estaba defendiendo el pueblo.
-¡Necesitamos más pólvora sargento!-Le dijo un soldado.
-No hay más, tendremos que luchar con las espadas y arcabuces.-Todos sacaron sus armas y fueron derechos a luchar.
Horas más tarde los piratas habían capturado a muchos isleños, al llegar la tarde había desaparecido la niebla, casi todo estaba en llamas. Al final los españoles e isleños huyeron a Montaña Roja.
-Hemos cometido un error viniendo aquí. Os he defraudado a todos.-Dijo Ramón.
-Tiene que tranquilizarse capitán. Todo saldrá bien, vendrán refuerzos de  Gran Canaria.-Le consoló Luis.
-Nunca han venido y nunca vendrán.-Le contesto Ramón.
Los heridos que venían de la batalla eran pocos. Se fueron sin ser visto por los corsarios. Llegó la noche y se refugiaron en el pueblo de Yaiza.
-Esta noche les sorprenderemos atacándoles por detrás.-Dijo Ramón.
-Es un buen plan.-Le respondió. Los corsarios tenían un punto débil, la inteligencia. Solo saben atacar, saquear, esclavizar pero olvidan la retaguardia.
De madrugada partieron, les vencerían. -No creo que ganemos solo por la astucia.-Dijo Ramón
-Seguramente vendrán los soldados de Gran Canaria.-Respondió Luis.
-No te lo esperes.-
Saltaron sobre las rocas de la orilla, estuvieron a distancia de los piratas.
-¡Tenemos que reposar para el ataque a Yaiza!-Dijo el capitán a los corsarios.
-Veo unas luces de antorchas al sur ¿Podrían ser españoles?-Dijo el vigía.
-¡Alerta vienen los españoles!-
-¡Rápido prepárense!-Gritó el capitán
-Ya son nuestros.-Dijo Ramón,
No esperaban que hubiese más corsarios detrás
Ya habían comenzado la batalla, sonaron tiros. Llegaron más corsarios.
-Debemos resistir.-Suplicó.
Al alba por el Sur, llegaron soldados españoles de Gran Canaria.
-Juan has venido.-Se dijo Ramón.
Mientras amanecía un nuevo día los corsarios eran derrotados. El capitán se escapó con unos cuantos corsarios, llegaron al puerto, se disponían zarpar cuando los españoles les cortaron paso.
-¡Nunca me atrapareis!-Gritó Luke, mientras se tiraba al agua y se hundía. Antes de que los españoles le atrapasen prefirió  ahogarse en las agua de Playa Blanca.
 Bogdan Spasojevic
María Trinidad Perez, directora del CEIP Playa Blanca,
en el momento de la lectura del relato "La batalla final"

miércoles, 24 de abril de 2013

I Concurso de Relatos Cortos de Yaiza, "Tana", Primer Premio de Adultos


Como muchos sabréis, el pasado 20 de Abril se dieron los premios del I Concurso de Relatos Cortos de Yaiza. Ahora queremos dar a conocer los relatos ganadores. Empezaremos con el ganador de la categoría Adulta, un relato titulado "Tana", escrito por Pedro Alisedo Goycoa, un vecino de Playa Blanca que hace poco que reside por estas tierras y que nos confesó que era la primera vez que escribía. Felicidades Pedro, no dejes de escribir y te esperamos en el segundo certamen.



Tana

El mago se movía despacio sobre la tarima que hacía las veces de escenario. Se explicaba en inglés y alemán, pues ingleses y alemanes eran mayoría entre los clientes del hotel. Era nuestra última noche de unas vacaciones largamente esperadas y aplazadas siempre por mil motivos: trabajo, los estudios de nuestra hija o la delicada salud de Tana, mi mujer, que ahora seguía sus movimientos con ojos risueños y expectantes.

Mientras bajaba con alguna dificultad de la tarima fue realizando el último truco con un largo pañuelo de seda amarilla que recogió lentamente en su puño . Rondaba los setenta y vestía un esmoquin algo gastado y que le quedaba un poco grande, pero conservaba el pelo negro y un aire entre bohemio y aristocrático que le daba un atractivo misterioso. Con el pañuelo ya recogido el mago miró al público y, juntando los dedos de su mano libre, sopló sobre ellos y los abrió. Tana puso su mano sobre la mía y me miró sonriendo.
De la mano que antes escondía el pañuelo salió una paloma que voló aturdida entre los aplausos corteses del público.
- Magia!! dijo Tana encantada.
Sonreí y la miré. Conservaba todavía su belleza isleña, ahora madura, su encanto y ese aire especial de despreocupación infantil que la seguía haciendo, a mis ojos, irresistible.
- Es bueno - dije
- No, no. Es mágico - dijo ella.
Parecía decirlo en serio y yo, sorprendido, levanté las cejas con escepticismo y me encogí de hombros. Nos quedamos un rato en silencio, viendo como el mago recogía sus bártulos y disfrutando de una magnífica noche estrellada y del viento cálido del desierto.
- La magia existe caballero, ¿no lo cree?
El mago tenía la voz profunda, aterciopelada y con un fuerte acento centroeuropeo. Se acercó hacia nosotros con su vieja maleta en la mano sin dejar de mirarme. No había en sus ojos verdes una mirada seria o reprobatoria. Era más bien la mirada de un maestro dispuesto a explicar una lección.
- Todos nacemos con la magia en nuestro corazón. Nacemos en un mundo mágico, señor - El mago levantó la nariz, cerró los ojos e inspiró el aire cálido y dulzón de la isla - ¿O hay algo más mágico que el olor de la piel de nuestra madre? ¿O de la libertad de inventarse mundos únicos, particulares? Por desgracia, la inmensa mayoría de la gente pierde su magia en la niñez. Solo unos pocos siguen guardando un niño dentro. Un secreto. Solo ellos pueden hacer magia. ¿Lo comprende señor?
Le miré sorprendido y asentí amablemente.
- No, no lo comprende. Y no lo comprende porque no lo cree. Piensa deductivamente, con la mente, no con el corazón – se llevó la mano al pecho, negó con la cabeza, la agachó y , con gesto teatral, la levantó lentamente mirando a Tana. - Pero ella... me he fijado en ella. Ella guarda aun un brillo de magia. Mire sus ojos caballero.
Tana permanecía muy quieta, mirando al mago fijamente. Parecía tranquila, concentrada.
- Pero, permita que me presente: mi nombre es Karlier. Besanctus Karlier, y soy mago. Aunque éste no haya sido siempre mi nombre. A veces los hombres deben cambiar de nombre y de piel como los lagartos. Voy a demostrarle que la magia existe. ¿Usted cree que su mujer podría hacer magia? No un truco, no. Magia verdadera, real. Me refiero a algo inexplicable a la razón. Parece usted una persona honesta, un hombre de palabra. Contésteme sinceramente.
Lo miré un instante. No valía la pena mentirle ni mentirme a mí mismo.
- No lo creo – dije.
- Perfecto. ¿Podría tomar asiento?
Asentí y le indiqué la silla frente a nosotros. Se sentó despacio sin dejar de mirar a Tana.
- ¿Su nombre? - le preguntó.
- Tana.
El mago sonrió y afirmó con breves movimientos de cabeza, como si no hubiera esperado otro nombre más que ése. Sacó una baraja del bolsillo.
- Tome esta baraja. Como verá está precintada. Se trata de una baraja francesa. Cincuenta y dos cartas distintas. Cuatro palos: corazones, tréboles, diamantes y picas. Ábrala, por favor, compruebe que así es, baraje y corte.
Tana cogió la baraja con las dos manos. Abrió la caja de cartón y arrancó el precinto. Puso las cartas boca arriba y ambos comprobamos que era una baraja normal y corriente, con todas sus cartas. Después Tana barajó a conciencia. Cuando le pareció suficiente dejó la baraja ante sí, cortó y miró al mago.
- Esto será muy sencillo. Ahora solo tiene que imaginar, “sentir” una carta. Verla.
Tana cerró los ojos. Por un instante me pareció dormida.
- Ya está – dijo.
- Ahora coja el mazo y extiéndalo en abanico delante de usted.
Tana extendió las cartas despacio, parándose a colocar mejor algunas con las yemas de sus dedos.
- ¿Cual es la carta que ha imaginado?
- El dos de corazones.
- Magnífico!!. Ahora piense dónde está la carta, sáquela y colóquela bajo la palma de su mano.
Tana no pareció dudar, sino “buscar” dónde se encontraba la carta. Movió la mano por encima de la baraja apenas un par de segundos y escogió una carta que separó delicadamente de las demás.
- Ahora, Tana, dele la vuelta a la carta.
Tana me miró y sonrió con su sonrisa más traviesa ;volteó la carta despacio y allí estaba...EL DOS DE CORAZONES!!
El mago aplaudió sordamente mientras sonreía y Tana estallaba en un gritito infantil llevándose las manos a la boca. La mía se mantenía abierta en una expresión bobalicona mientras miraba al mago primero y después a Tana.
- Increíble – dije asustado – pero... pero ¿Cómo diablos lo ha hecho?
- Yo no he hecho nada señor- dijo mostrándome las palmas de sus manos – Ha sido ella, Tana. Ha sido capaz de usar algo que guardaba en su corazón desde hace mucho tiempo. Ella “sabía” que podía hacerlo. Es simple.
Apoyé los codos en la mesa y me llevé las manos a las sienes. Aquello era inexplicable. Tana no podía saber donde estaba la carta, y en cuanto a casualidades, bueno, yo no creía en ellas. ¿Posibilidades? Una entre cincuenta y dos. No, no era posible, y sin embargo ocurrió.
- Vamos caballero, no busque más explicaciones. Es todo de una sencillez apabullante, primitiva, infantil. Solo magia – El mago se recostó en la silla y cruzó las piernas – Ahora Tana hará algo más difícil, más personal. ¿Tiene usted un pañuelo, por favor?
- Eh..sí, sí, claro. Aturdido, busqué en mi chaqueta hasta encontrarlo.
- Bien, muy bien - dijo el mago – Ahora, Tana, vuelva a poner la carta boca abajo, coja el pañuelo y extiéndalo por encima. Así, perfecto. Ahora coloque su mano sobre el pañuelo. Bien, lo que quiero que haga ahora es que cierre los ojos y vuelva a los olores, al tacto, a los sonidos de su niñez. Quiero que recuerde la magia, “su” magia, y que escoja un objeto que la represente. Un objeto donde pueda guardarla, donde puedan concentrarse su mundo mágico y sus sueños.
Tana cerró los ojos, echó la cabeza ligeramente hacia atrás y puso su mano sobre sus labios. Pasaron un par de interminables minutos. A veces sus dedos temblaban ligeramente y me empecé a preocupar. Miré al mago, pero éste me hizo un gesto tranquilizador con la mano. De repente, Tana habló con una voz un poco ronca.
- Ya viene
Entonces se relajó. Resopló moviendo la cabeza de un lado a otro, sonriendo, como una niña que acabara de superar una prueba difícil, una adivinanza.
- Ya está, mira – me dijo.
Levantó el pañuelo con dos dedos y descubrió una piedra verde, pulida y rectangular: UNA OLIVINA DE LA ISLA!!!. La acercó a sus ojos y la miró a contraluz y luego la apretó fuerte en su mano. Yo no salía de mi asombro, no era capaz de articular palabra alguna.
- Bueno Tana - dijo el mago – esa es tu piedra. Ahí está tu magia. En ella podrás encontrar recuerdos de un mundo en el que viviste hace tiempo. Te ayudará. Ahora debo irme. Ha sido un placer conocerles.
Se levantó lentamente, me saludó con una inclinación de cabeza y besó la mano de Tana, que respiraba con la tranquilidad de alguien que ha recuperado algo muy valioso. Cogió la maleta y comenzó a irse, pero pareció dudar por un momento y se volvió.
- Ha escogido usted la carta del amor. “Les deux coeurs”, los dos corazones!! Pero algo me dice que hay un tercer corazón, un corazoncito que viene de camino. Debería mirar otra vez la carta.
Tana se quedó paralizada por un momento, entonces, poco a poco fue asomando a su rostro una sonrisa de felicidad. Se levantó y abrazó al mago y lo besó en ambas mejillas mientras las lágrimas cubrían su cara. Después volvió a sentarse y volteó la carta de nuevo y … EL TRES DE CORAZONES!!
Antes de cruzar la puerta el mago se volvió de nuevo, juntó los dedos de su mano y, soplando sobre ellos, los abrió como si fueran fuegos artificiales.
·         Ha sido increíble, increíble. No entiendo nada – dije.
·         Bueno, él ya lo ha explicado todo – dijo ella tranquila.
·         ¿Y qué es eso del tercer corazón en camino? Tú ya no puedes...
Tana me acarició la mejilla.
- Pero que bobo!. Vamos a ser abuelos!!

Al día siguiente, al regresar a casa, llamó Beatriz,nuestra hija. Estaba embarazada. Tana habló con ella largo rato, la tranquilizó y le transmitió ilusión y confianza. Yo seguía aturdido y confuso. Llamé al hotel para intentar localizar a Karlier. Necesitaba explicaciones, algo racional a lo que asirme. Me dijeron que ya no estaba: aparecía y desaparecía por temporadas, algo que me pareció natural en un hombre tan enigmático.
Tana predijo que el bebé sería una niña. Al parecer se lo transmitió la piedra. La olivina jugó a partir de entonces un papel importante en su vida. Cuando su salud fue empeorando la veía a veces, muy debilitada ya, sentada en su sillón y tapada con una manta, sostenerla frente a sus ojos sonriendo. Creo que le ayudó a dejarnos, de alguna manera, con más sosiego y naturalidad.


Años después acompañé a Beatriz y a nuestra nieta a un congreso en Praga en calidad de abuelo para todo. Mi yerno, por razones de trabajo no se pudo hacer cargo de la pequeña, y mi hija insistió tenazmente en que las acompañara para sacudirme la melancolía que amenazaba con consumirme. Así que me dispuse a adaptar mis pasos a los pasitos de la pequeña para descubrir la anciana y encantadora ciudad a través de los ojos y las sensaciones de una niña.
Una tarde, recorriendo las estrechas calles de la ciudad vieja me topé con un cartel frente a un antiguo café que anunciaba: “Koulzelnická Show!!”, Espectáculo de Magia!!, y debajo, en letras rojas: B.S. Kharlyer. El corazón me dio un vuelco, faltaban horas para la actuación, pero tuve la intuición, la certeza más bien, de que era él y estaría allí, y sin pensarlo dos veces arrastré a mi nieta adentro.
El interior estaba oscuro y sin clientes. Los últimos rayos de sol que se colaban por los cristales emplomados rojos y azules creaban en la penumbra un ambiente mágico e irreal. La silueta de un hombre se recortaba contra la luz de la última ventana, sentado frente a una pequeña mesa. Me acerqué despacio con mi nieta cogida de la mano. La niña, que había protestado con mi repentina carrera, parecía encantada ahora con los reflejos de colores y los pequeños floreros de cristal de Bohemia con siemprevivas que adornaban las mesas.
Levantó la vista y me reconoció al instante. Estaba más viejo y más delgado y seguía vistiendo su ajado esmoquin, pero conservaba su pelo negro y su mirada penetrante.
·         Oh, caballero, que sorpresa!!
Se incorporó para estrecharme la mano. Mientras lo hacía no dejó de mirarme a los ojos, y pareció saberlo todo. Todo lo que había pasado en el tiempo transcurrido desde la noche del hotel, los momentos felices y los tiempos tristes, mi soledad incurable, irremediable. Me apretó firmemente la mano y me estremecí al sentir en la mía un calor entrañable y reconocible.
·         Lo lamento.
·         Gracias – respondí confuso.
·         Pero siéntense, por favor. ¿Que le trae por esta apasionante ciudad?
·         He venido a acompañar a mi hija a un congreso.
·         Y bueno, supongo que esta jovencita tan fascinante que le acompaña es su nieta, conozco esos ojos verdes. ¿Como te llamas querida?
·         Aday. ¿Y tú? - la pequeña lo miraba curiosa y tranquila.
·         Yo tengo muchos nombres – me miró con picardía – porque soy un mago. Dime Aday, ¿Te gusta la magia?
·         Claro – respondió ella – A veces juego a hadas y hablamos.
·         Que maravilla!!.
Aunque se dirigía a la pequeña, me miraba a mí. Sabía que el destino o lo que fuera me había llevado hasta allí buscando algo incomprensible para mí, inaprensible. Apoyó los codos en la mesa, emparejando los dedos de sus manos y volvió a mirar a la niña.
·         ¿Quieres jugar a magia conmigo Aday?
·         Sííí– Aday se puso de rodillas en la silla y juntó sus manitas imitando el gesto serio del mago.
·         Bien. Coge una servilleta del servilletero, levántala con los dedos y ponla delante de ti.
·         ¿Así?
·         Perfecto. Ahora tápala con las manos y piensa en algo mágico, un tesoro, que te gustaría tener – hizo un gesto con la palma de su mano al frente- pero no lo digas!!. Ah, y tiene que caber en tus manos. ¿De acuerdo?
·         Vale.
Aday tapó la servilleta con las manos, cerró los ojos con fuerza,apretó los labios e inclinó su cabecita sobre la mesa. Un mechón de pelo rubio le cayó sobre la cara y reflejó los tonos multicolores de los cristales de la ventana.
·         Ya – dijo sonriendo.
·         Veamos – dijo el mago.
Aday apartó la servilleta y nos mostró en su mano una piedra pequeña, verde y pulida.
·         Una piedra mágica!!
Esta vez no me pregunté nada, ni siquiera me sorprendí. Sólo “sentí”. Cerré los ojos y comprendí que no debía comprender. Vi a Tana mirándome serena, escuché su risa cristalina y noté sus manos mientras apretaba con fuerza en mi bolsillo su olivina y sentía su calor reconfortante.



Pedro San Ginés, Syra Jimenez-Pajarero y Cristina Temprano
leyendo el relato de Tana durante la entrega de premios
en la II Feria del Libro de Playa Blanca



martes, 19 de junio de 2012

Última parada: la casa de muñecas, en la Biblioteca de Playa Blanca.


Nos acercamos a las ocho de la tarde, empieza la tarde a perderse para dar comienzo al olor a aire fresquito que se respira en Playa Blanca cuando va a caer la noche.

Se sienten los nervios echando chispitas, los que se dan lugar en los instantes antes de que comience la presentación, aquí nos encontramos tras la puerta principal, en la puerta de la sala de la biblioteca municipal viendo las sillas llenas de personas que han llegado y están espectantes, hay medio silencio medio murmullo.

Keren, Esteban y alguien más están andando apresurados, sillas plegables en mano, colocandolas allá donde quepan pues hay más gente que asientos.

Miguel está esperando a caminar hacia la mesa que se vislumbra al fondo de la sala con una pequeña parte de él, Última parada: La Casa de Muñecas, sobre la mesa, 4 años esperando a ver la luz, ahora casi como entre un lúcido sueño en la recién soñada sala y ya real, biblioteca del pueblo, va a seguir cobrando vida en parte el pelirrojo al que le traen de cabeza, entre otras cosas, los casos imposibles.

La asociación Castillo del Águila acompaña al artista, compañera de sudores y lágrimas de nuestro escritor y maestro de la escuela (no precisamente en ese orden). Estamos casi al completo, compartimos palabras también junto con el carismático anterior alcalde, Ángel, que nos ha acompañado desde el principio en esta gran peripecia colectiva, Yolanda de Cultura nos avisa de que ya estamos preparados para empezar, esto parece casi un matrimonio en el que la protagonista, la novela, ha llegado antes y espera a su otra mitad allí en la cercana lejanía para empezar a cobrar vida.

Al final un señor casi octogenario preguntó en el turno pertinente cómo podía hacer para recibir clases de Miguel Aguerralde, si él aún podía asistir a la escuela, menuda labia y narrativa del discurso y con que enlaces......La respuesta queda un poco en el aire, ¿quién sabe qué depara el presente y el futuro?.

Lo que si sabemos es que no nos perderemos la segunda presentación y volveremos a escuhar lo que este autor nos tiene que contar de sus experiencias con la literatura, sus nuevos proyectos y las cosas que pasan cuando se es escritor ... ni nos perderemos la tercera de la saga del inspector Matt el Rojo cuya trama se envuelve en esta mágica y oscura isla que inspira a tantos artistas, algunos reunidos ayer en una esperada velada.

Un brindis con caldos de la tierra para terminar la noche, el bibliotecario va cerrando las puertas, por hoy hemos terminado, aún queda gente en la acera, allí delante de la puerta de entrada.

Ana María Gomariz

viernes, 18 de noviembre de 2011

Aquella Biblioteca.

El mapa de todos los tesoros, la llave de todos los secretos, está en una biblioteca.

El primer recuerdo que tengo de una biblioteca no es probablemente de la primera biblioteca en la que estuve. La que recuerdo no es una biblioteca de colegio, ni una estantería en el salón de mis padres, no, la biblioteca que recuerdo era una cueva mágica, más mágica que la de Alí Babá y sus cuarenta ladrones.

Y digo una cueva porque era un sótano, y digo mágica porque contenía tantos tesoros, todos los tesoros del universo, todos los cuentos, misterios e historias que alguna vez alguien había contado. Cómo podía ser que yo no la hubiera encontrado antes.

Siempre había habido libros en mi casa, pero eran “libros de padres”, eran lomos de color y olor a viejo que completaban los muebles, casi ocultos detrás de los portarretratos, estorbando para limpiar el polvo. En el cole nos hacían leer pero, uf, a mi no me apetecía leer porque alguien me lo impusiera, leer así era aburrido. A mi me gustaban los tebeos, mortadelos y zipizapes que mi madre me compraba cuando me portaba bien al visitar al médico. Tendría unos ocho o nueve años.

Nos cambiamos de ciudad y en la nueva encontré, entre paseos en bicicleta en busca de un helado en aquel verano que recuerdo tan caluroso, un edificio gris, feo y rocoso como un bloque gigante de granito, en mitad del parque donde jugaba a esquivar árboles o a dejarme las rodillas contra ellos, según la pericia al manillar que tuviera cada día. Se llamaba Casa de Cultura. Y no sé por qué me dio por entrar.

Había un salón de actos, un teatro enorme, el más grande que jamás había visto, teniendo en cuenta que no había visto ninguno antes, creo yo, pero estaba vacío. Un letrero de color, no sé, puede que amarillo, indicaba que abajo, más allá de la escalera que se perdía tras un rellano en ele, estaba la Biblioteca. ¿Una biblioteca en un sótano? Bajé. Y empujé sus puertas dobles. Y una señora de gafas apenas levantó la vista para mirarme y señalar un cartel pegado a la columna: “En la Biblioteca guarde silencio”.

¡Uau, un lugar dónde no se podía hablar! Sólo leer, hojear, buscar, investigar, elegir entre miles de libros, ¿miles? ¡Millones! ¡No cabía ni uno más! Había tintines y Astérix a montones, había libros más finos y con dibujos, otros más serios pero cuyos títulos me recordaban con fuerza a películas y series de la tele. Tarzanes, islas con tesoro, mosqueteros, viajeros a la luna y hasta al centro de la tierra. Había un rincón de detectives, con sombrero raro y pipa, y también encontré aventuras en países de los que ni conocía el nombre, descubrí monstruos marinos y submarinos, terrestres y voladores.

Había mucho, tanto, que supe enseguida que se necesitaría mucho tiempo para leer todo aquello, y me pregunté si alguna vez alguien lo habría hecho. Supuse que no, claro, que era imposible, pero sin embargo había gente intentándolo. Había muchas mesas como las de mi cole y la mayoría ocupadas. Había hasta niños de mi edad, aunque aún no los conocía porque no había empezado el colegio.

Aquel lugar era increíble, y era todo para mí, para mí cualquier día de la semana, a cualquier hora, gratis y por todo el tiempo que quisiera mientras lo devolviera después en buen estado. ¡Y sólo tenía que sacarme un carné!

Al día siguiente regresé con las fotos y mis datos apuntados en un pedazo de papel que le entregué a la señora de gafas. Recuerdo mis nervios, porque fui solo. Lo primero que firmé en mi vida, fue el carné de la biblioteca.




Casi ha pasado un cuarto de siglo, y no concibo un lugar sin biblioteca. Sin ese espacio para sentarse a escribir, a leer, a hacer los deberes, a compartir los apuntes. Sin ese rincón donde encontrar enciclopedias, diccionarios de todos los idiomas, mapas de todas partes. Sin el testimonio de la historia, de las biografías de personas de las que aprender. No concibo un lugar sin libros al alcance de todos.

Tal vez por haber pasado tanto tiempo entrando y saliendo de una u otra biblioteca, hojeando, tomando y devolviendo libros de cinco en cinco, daba por sentado que era algo a lo que todos, niños y niñas, mayores y pequeños, estudiantes o jubilados, teníamos derecho.

Un pueblo nace y crece por su cultura, y tenemos la suerte de poder guardar la cultura en los libros. Pongamos la cultura en las manos de la gente de Playa Blanca.


Miguel Aguerralde, maestro y escritor.

martes, 15 de noviembre de 2011

¿Qué somos? ó ¿De qué estamos hechos?

Queremos agradecer a nuestra compañera Ana María que haya compartido con nosotros esta reflexión. Esperamos que os guste.

Dada mi inquietud por las curiosidades naturales, una de las incógnitas más frecuentes que me rondan por la cabecita es ¿qué somos? ó ¿de qué estamos hechos?. Si miramos para comprender desde el punto de vista de una química biológica compleja como la que forma parte de muchos sistemas, como nuestros cuerpos por ejemplo, nos tenemos que ir necesariamente más atrás en el tiempo para obtener respuestas, antes hubo una química más sencilla y básica, que sirvió para crear algunas complejidades sobre esas supuestas sencillas moléculas básicas que dan lugar a sistemas como tú o como yo.

Vamos a ver una teoría (no quiere decir que sea cierta pero sí intenta acercarse a la realidad de una manera científicamente aceptable para ayudarnos en la comprensión o ampliación de nuestros horizontes).
Espero que os guste este resumen que he preparado:
El universo primitivo estaba casi al completo formado por H-He (mezcla de hidrogeno y de helio), cuando estas estrellas de primera generación maduraron a lo largo de millones de años quemaron el H y el He en reacciones termonucleares produciendo elementos más pesados como carbono, nitrógeno y oxígeno y algunos elementos más de la tabla periódica. Las estrellas grandes que maduraron se hicieron inestables y explotaron diseminando los elementos más pesados por el entorno cósmico, ésta materia se condensa formando las estrellas de segunda generación. Sabemos que al menos en un planeta del Sistema Solar (donde el Sol es una estrella de segunda generación) existe la vida, en la Tierra.

La química de la mayoría de los organismos vivos conocidos no es posible en el calor de las estrellas pues se descomponen en elementos más sencillos. En medios fríos como el espacio puede producirse una química sencilla y lenta pero no moléculas complejas como proteínas o ácidos nucleicos de las que estamos hechos. Estamos formados de elementos aparentemente muy simples que se unieron para formar pequeñas moléculas más complejas estructuradas de manera que pueden llegar a desarrollar funciones muy complejas con una precisión y coordinación con su entorno asombrosas. La vida como la conocemos requiere moléculas grandes y complejas que sólo pueden ser estables en unas condiciones ambientales limitadas.
Espero que esta información sirva de ayuda a quienes le gusten estos temas o para fomentar la curiosidad por la ciencia.
Un saludo.

Ana María Gomariz Rodrigo

(He consultado el siguiente tratado: "Bioquímica", Matheus, Van Holde y otros. Ed. Addison Wesley).